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Las personas de agua

Homenaje a Juan Rulfo.

 

Nací en la montaña. Para ver el sol debo hasta llegar a un descanso donde no hay árboles. Para los adultos es fácil llegar: saltan troncos, trepan rocas o se montan sobre las mulas. Así cruzan arroyos y cañadas, siempre atentos, con el machete en la mano para descabezar una culebra, cortar la hierba o las ramas espinosas del agavanzo. Los ancianos me cuentan que nací una noche de lluvia, pero aquí llueve todo el tiempo. Será que llueve para recordar mi nacimiento o nací para ver llover. El caso es que es difícil mantenerse una seca.

Los árboles lloran. No sé si de alegría o de pena. Lloran. La tierra es como una sopa fría y densa que, si uno no se fija por donde pisa devora todo, comenzando por los pies. Una vez perdí el dije que el padre de mi madre talló sobre una piedra para fijar la posición que tenían las estrellas el día que nací. Dice mi madre que poco tiempo después, su padre murió. Quedó como una rama seca, dijo. El agua podrida de su cuerpo se le salió durante días por la cola hasta que se cansó de luchar. No hubo hierba capaz de curarlo.

El día que perdí el dije, estaba mirando una lagartija que intentaba comerse a un bicho. Estaba sobre unas plantas que me llegaban a la altura de la frente. La lagartija saltó para embestir al bicho muy cerca de mí. Yo sostenía el dije en mis manos y cuando me pasó cerca de la nariz di un gran salto y caí de espaldas al lodo. El dije se soltó. El sol se estaba ocultando. Me puse a buscar por todas partes. Ningún adulto pasaba con una antorcha para ayudarme.

Cuando la noche llegó regresé a nuestra choza. Ahí estaba mi madre, mi padre y mis ocho hermanos, acurrucados por el frío. Les dije lo que había pasado y me mandaron a dormir afuera donde, para variar, llovía. Desde aquel momento mi madre se alejó de mí. Los ancianos la apoyaban, decían que quien no cuida lo sagrado, no puede cuidar nada, ni ser cuidado por nadie.

Nuestra comunidad tiene pocas familias. A medio día de camino hay otra comunidad más grande. Me cuentan mis hermanos que las chozas están dispuestas en un gran círculo. Al centro del círculo, me cuentan, los hombres discuten y hacen justicia, pero también comercian, negocian y organizan la alimentación conjunta de nuestra aldea, la de ellos y otras dos más que son vecinas. A veces quisiera dejar de imaginar como es ese mundo de las aldeas vecinas. A las niñas no nos permiten ir más allá del claro donde rara vez aparece el sol. Siempre vamos en grupos y nos acompaña una anciana. Ahí jugamos y aprendemos.

Cerca del claro está el arroyo. Es flaquito como víbora, pero cristalino como el aire. Ahí, las mujeres hacen muchas cosas. Cada día parece crecer más la brecha que nos lleva de la aldea al arroyo donde las mujeres van a lavar la ropa, recogen agua y nos bañan. Odio ese lugar. El agua siempre está fría. Los niños más pequeños lloran y una vez, el río, así de flaquito y todo, se llevó un niño y le robó el aliento. Lo encontraron luego de dos puestas de sol, allá abajo, cerca de la aldea donde mi padre dice, me iré a vivir mañana.

Al niño lo enterramos todos. Los de nuestra aldea y los de las otras fueron llegando en grupos. Una vez, hace mucho tiempo conocí la muerte. Tenía un pollo. Le rogué a mi madre que me dejara cuidarlo. “Los animales son sagrados” me dijo. “Nos dan alimento”. Yo era tan pequeña como él. Apenas cabía en mis manos. Tenía el color del polen. Era un solecito que piaba y temblaba porque siempre estaba empapado. Entonces decidí ayudarlo. Lo metí entre dos petates y lo dejé ahí toda la noche. Al amanecer fui para ver si ya estaba seco y feliz. Metí la mano entre los petates y sentí sus plumas, que eran más pequeñas que las hojas de una albahaca. Lo sostuve en mis manos y no se movía. Entonces, pensé que de tanto sufrimiento el pollito dormía profundamente. Me acerqué al rincón donde duermo. Me gusta dormir en el rincón y no entre mis hermanos. Nos tendemos todos a lo largo de la choza para calentarnos. Puse al pollito en una orilla y salí de la choza. Regresé más tarde y el pollito seguía inmóvil. Ha de seguir muy cansado, pensé. Pasó la noche y al día siguiente todo estaba igual, salvo uno de mis hermanos que tosía y tosía saliva roja.  Volteé a ver al pollo y un montón de hormigas estaban sobre él. Cogí una rama seca para espantar a los bichos. Lo sacudí, nada. Me lo acerqué a la boca para hacerle un cariño con los labios, olía raro. Fui con mi madre y se lo di. “Tonta”. Me dijo, mientras me sujetaba del cabello y comenzaba a sacudirme de un lado a otro. “Está muerto, niña, lo mataste, ora comeremos menos”. Le contó lo sucedido a mi padre quien simplemente dijo “Lo bueno es que ya falta poco para entregarla”.

Mi padre ni me miraba. Era de los hombres fuertes de la comunidad. Siempre andaba con machete a todos lados. Cuando se acostaba, procuraba ponerse el machete entre las piernas. Nunca se cortó, pero eso sí, un día dejó sin una mano a uno de los hombres de otra aldea.

Cuenta mi hermano menor que, un día que se fueron a trabajar temprano, que estaba trepados en un árbol cogiendo frutas, este hombre se acercó y les sacó plática. Dice que ya que terminaron la labor se sentaron un rato sobre un tronco y conversaban. Decían cosas de la lluvia. Todo mundo, todo el tiempo habla aquí de la lluvia. El abuelo decía que éramos las personas del agua, que proveníamos de ahí, que esa era nuestra madre, nuestra fuente y que también tendría que ser nuestra desgracia. Decía “Uno debe pagar por lo que más tiene y el agua nos sobra”. Cuando ya se iban, dice mi hermano, el hombre intentó arrebatarle a mi padre la fruta que habían recolectado. “El extraño tenía una piedra en la mano, hermanita y que se la avienta a papá”. Entonces, dijo mi hermano, mi padre se hizo a un lado y en ese mismo movimiento desenfundó el machete y se abalanzó contra al extraño. “Un solo chingazado bastó” dijo mi hermano. “El extraño gritó y se echó al piso tomado de su muñeca, la colgaba la mano”.

Además de no mirarme, mi padre me habla poco. La única vez que me llamó para decirme algo distinto que seguir una orden, insultarme o decirme “quítate” fue hoy por la mañana. Me dijo “Mañana te largas a vivir con tu hombre”. No comprendía. Mi madre estaba sentada a su lado. Mis hermanos estaba fuera de la choza. “Te pondrás esto y tu madre va a arreglarte la cara”.

Era el vestido más hermoso que nunca antes había visto. Parecía una mariposa gigante y eso me hizo sentir momentáneamente bien. Siempre jugué con mariposas, catarinas, gusanos. Ahora me vestiría como una mariposa para volar a no sé dónde.

Mi madre dijo “Ya estás para casarte. En un año serás como yo, una madre”. Entonces entendí. Varias veces, a lo largo de las estaciones, la gente de las aldeas se reúne en una gran asamblea. No todos vamos, solo los ancianos y los adultos. Los adultos regresan con ganado y comida y misteriosamente desaparece una niña. Como aquella niña con la que jugaba en los días de sol a la que de pronto, no volví a ver y nadie sabía, o quería decirme dónde estaba.

Yo sería la próxima desaparición. Lo había entendido. Pero entenderlo no significaba quererlo, mucho menos aceptarlo. Mis padres se levantaron y me dejaron sentada adentro de la choza. Bajo ninguna circunstancia podía salir de ahí. Pensé en mi vida. En la tierra voraz. En la lluvia infinita. En mi pollito muerto. En las niñas desaparecidas. En el machete de mi padre. En la indiferencia de mi madre. En los escasos días de sol. En mi abuelo y mi dije perdido. Pensé que no quería pensar. Que solo quería salir de la choza e irme. En un momento me asomé y vi la oportunidad de huir. Salí corriendo y me metí al bosque. Tomé el camino al río. Somos personas del agua, somos personas del agua, me repetí todas las veces  que pude antes de saltar al río y dejarme llevar por él.

 

 

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