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Siete días.

Una noche antes elegí mi ropa, lustré mis zapatos negros y los coloqué en la cómoda. Aquel traje, la camiseta y la corbata le habían gustado. Un día después regresé al almacén para comprar el kit completo.

Dos días antes afeité mi barba. A ella no le gusta que la use larga. La teñí para ocultar las canas y me saqué uno por uno los pelos de las orejas. Tres días antes fui a hacerme un chequeo general. Mi presión era estable, mis niveles de azúcar óptimos y mis reflejos y elasticidad estaban mejor que hace una semana. Cuatro días antes cancelé todos mis compromisos para ese día. Hablé durante dos horas con Mely, mi asistente y le di instrucciones muy claras de qué decir y a quién decírselo para justificar mi ausencia.

Cinco días antes, reservé una mesa en el restaurante que, según me enteré, era su favorito. Había que reservar en el área de la terraza para que ella pudiera fumar esos cigarros franceses rubios que tanto le gustan. Solicité que nos prepararan un menú especial, cosa que solamente ocurre en el restaurante Prestige y que también solamente ahí cuesta lo que cuesta. Seis días antes reservé la suite presidencial del hotel más lujoso de la ciudad. la primera vez que hablé con ella me dijo que  “si pretendes que sea tuya tienen que ser ahí y no en otro lugar”.

Sus amigas, o mejor dicho, socias de banqueta presumían de hombres misteriosos y adinerados que solían llevarlas a exclusivos hoteles para hacerles lo mismos que cualquier albañil haría en un callejón oscuro. Lorena merecía eso y más. Era un puta deliciosa, una gran puta espigada y fresca; era una gran hija de puta, puta y suculenta, cuyas mamadas había cobrado fama entre los banqueros, es decir, entre mis colegas.

A Lorena no le importaba ser callejera. Prefería la libertad y el aire de una banqueta al lúgubre ambiente de un local, tristemente decorado y peor aún, ventilado de manera artificial. Tenía veinticinco años, pero quizá su vagina ya había llegado a los cincuenta.

Reunía el prototipo de feminidad que todo buen hombre atesora poseer, en el instante mismo en que se casa: una mujer descarada, insumisa, fría, huevuda, mandona, implacable, caliente, visceral, de grandes tetas, nalgas redondas y firmes, mulsos duros, bellos de durazno y con una vagina del color y olor de un sashimi de salmón.

Esa era Lorena: un ejemplo de que lo imposible podía compendiarse, respirar, eructar, pedorrearse y demás, en un solo cuerpo.

Siete días antes de hacer todo esto estaba firmando mi divorcio y no solo eso, modifiqué mi testamento, regalé al perro, contraté más personal doméstico, fui a la joyería más fina para comprar un diamante cuyo número de kilates deberían transformarse en una serie de orgasmos inolvidables, inicié una dieta, me puse a hacer ejercicio y adquirí un auto convertible.

Llegado el día, es decir hoy, las cosas dieron un giro siniestro. Como dije, me desperté dos horas antes de lo normal. Siendo las diez de la mañana estaba en pie. Abrí la ducha y esperé el agua caliente. El único líquido caliente que sentí fue el de mi orina sobre mis piernas.

Salí temblando de la ducha y comencé a afeitarme, lo cual trajo como consecuencia una hermosa cortada debajo de mi pómulo; misma que confirmó que, un hombre de setenta y ocho años, con frío, debe esperar al menos media después de una ducha fría para afeitarse.

La herida no paraba de sangrar. “Un tajo profundo”, dijo el doctor, luego de revisarme la cadera para constatar que no me había fracturado la pelvis con la caída que me provocaron los zapatos nuevos, cuando intentaba amoldarlos luego de media hora de suplicios que se tradujeron en cuatro ampollas, con apenas unos cuantos metros caminados.

Las dos horas de anticipación con que me levanté y los siete días de preparación terminaron por irse al carajo cuando el Doctor Preciado me dijo que tenía que quedarme en observación al menos una noche. El susto de la caída me había disparado la presión. Sospechaban también que el enojo pudo provocarme una diabetes. Esto, sin contar que la herida en el pómulo no cicatrizaba.

Si en siete días Dios creó al mundo, en siete días yo destruí el mío y eso, señores míos, no es cualquier pendejada: es una obra maestra.

 

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