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La mirada más triste

Me moví un poco hacia la izquierda para guarecerme del sol. Para mi mala fortuna, un río de hormigas acudían a beber, justo a mi lado, los restos de una soda de naranja, que formaban un venero minúsculo adentro del vaso de hielo seco. Esperaba a Juan, a quien, por razones para mí desconocidas, no pude acompañar adentro de ese horrible edificio de trámites burocráticos.

Como dije, el sol comenzaba a molestarme así que me moví ligeramente hacia un costado. Ahí apareció ella. Primero se detuvo como a diez metros de mí. Me miraba fijamente y al principio no la reconocí. El viento que venía detrás de mi espalda movía su cabello ligeramente.

Era un cúmulo extraño de olores. Un viento que siendo ligero volvía el acto de respirar un choque múltiple de aromas. Ahora me sonreía. Su sonrisa me resultaba familiar. Llevaba puesto un vestido ligero color mamey; usaba unas alpargatas y del hombro colgaba un curioso bolso de mimbre, o  de algún  material orgánico.

Dio unos pasos y se acercó más. Todo esto, sin apartarme la mirada. Me puse un poco nervioso y moví la cabeza para otro lado. Yo pienso que hay códigos, uno de ellos es, que no debes mirar a nadie fijamente a los ojos, para evitar dar señales equivocadas. Aprenderlo me costó un sin fin de malos ratos, pleitos, regañadas y castigos.

A un lado, detrás y frente a ella la gente va y viene. Unos llevan prisa. Otros van lento. Hay personas que caminan solas. Otras van a acompañadas. Unos van abrazados. La mayoría van cada uno por su lado. Ríen, conversan. Pocos callan. Llevan en sus manos muchas cosas: aquel un vaso con fruta; ese otro se rasca la cabeza; ella un niño.

El sol sigue moviéndose hacia mí. Parece que me persigue. Tengo sed. Ahora la mujer está frente a mí. La huelo y sé quién es. Ahora sé quien es. Hace tiempo estuvo en casa ¿días, semanas, meses, años?. Vivía con Juan. Los domingos solíamos ir juntos a dar la vuelta. Me apena no haberla reconocido si no es por ese perfume con esencia de vainilla. Se inclina a acariciarme. Me llama por mi nombre. Veo en sus ojos la mirada más triste que haya visto en mucho tiempo. En eso escucho la voz de Juan. Ha terminado ya de hacer sus cosas. Muevo la cola. Me levanto sobre mis patas traseras. Me sacudo las hormigas que tercamente habían comenzado a treparme como a una montaña de pelos. Finalmente me desatarán de este árbol y podremos irnos juntos, los tres, como hacía tiempo no ocurría.

Ahora ladro: la sed me está matando.

 

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Categorías:Uncategorized
  1. Mujer de ojos grandes.
    marzo 18, 2011 en 1:25 am

    Yo no sé si mis perros se conviertan un día en mis mejores amigos, pero si espero que sean testigos de muchos aromas exquisitos. Mi perfume, su perfume. Hasta espero que el sol siempre los moleste.

    Es muy bello esto, quise ser Juan.

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