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Bienvenida

Abro la puerta ¿Pétalos de rosas en el piso, un caminito de diminutas velas que iluminan la casa en dirección a la habitación, inciensos estratégicamente distribuidos para aromatizar la casa, luces apagadas, música apacible? No me lo merezco. Casi rompo en llanto imaginando a Sonia preparando mi bienvenida.

Escucho un sonido extraño provenir de la recámara. Debe ser Sonia. Quizá he estropeado su sorpresa. Ella es abnegada y yo un esposo vulgar y desleal. Mi última fechoría fue en el avión. Mi vuelo se adelantó cuatro horas. Me tocó sentarme detrás de un gordo desagradable, pero a un lado de una suculenta jovencita.

Aproveché dos de las cuatro horas libres para metermeal hotel de aeropuerto con la chica sin nombre. El sexo llegó como ocurren estas cosas: un súbito apasionamiento producto de un roce accidental; luego las miradas, un fuego indescriptible transmitiéndose de una pupila a la otra; la frase hipócrita de “Perdone usted mi impertinencia” y la respuesta de “Fue un placer”.

¿Un placer? Aunque nadie lo crea, eso dijo y entonces todo estaba dicho.

Poco antes de aterrizar pronuncié muy cerca de su oído las palabras precisas “Tengo tiempo, ¿quieres ir a un hotel?”. Luego, la magia escurriendo de unos labios que, aunque operados me hicieron pensar en un paraíso natural. “Me hospedaré en el hotel del aeropuerto, mañana temprano haré trasbordo, ¿vienes?”. Claro, ese tono tropical, o no sé qué, penetrando como un rayo de incierta fecundidad, cimbrando mi entrepierna, disparando mi bragueta y haciéndome recordar uno de tantos dichos que dice mi compadre “Dónde muchos ven talento, carisma, carácter, inteligencia, yo veo un receptáculo dispuesto a ser llenado de semen”.

Sí, fue un chorro caliente de esperma sobre su vientre; su jadeo desapareciendo lento como un eco de avión y mi cuerpo en estado de bulto.

Al terminar, salí a a buscar un taxi. Por alguna razón en el trayecto no pensé en llamar a Sonia. No podía concentrarme en otra cosa que no fuera el gordo del avión. Más de la mitad del vuelo me la pasé preguntándome diversas cosas ¿Cómo cupo en le asiento? ¿Qué hace falta para que un hombre se transforme en una ballena? ¿Ha cogido? ¿Puede mirar sus pies? ¿Qué habrá bajo su papada? ¿Me pondría sus pantalones en caso de emergencia? ¿Algún día tendré un amigo obeso?

Era enternecedor ver como apretaba con su mano colosal la pequeña y frágil bolsa de cacahuates que la pichicata aerolínea nos proporcionó como gesto magnanimo de gratitud por nuestra lealtad “Gracias por preferirnos”. Bastaba ver el diminuto vaso perdido entre unos dedos que parecían las crías empachadas de hurón, para entrar en un estricto régimen de ejercicios.

“Dios no se equivocaba, por cada gordo había un corazón destruido”, decía mi compadre.

Finalmente llegué a casa. Mi mujer estaría dormida o algo así. Metí la llave con cuidado y la giré procurando no hacer ruido. Caminé por el improvisado camino de pétalos y velas, dsipuesto sobre la alfombra. Aspiré lo más hondo que pude el aroma del incienso. Los ruidos en la recámara seguían; quizá Sonia me había escuchado.

Un temor me invadió, pero no estaba dispuesto a corroborar nada que tuviera que ver con justicia divina o “la vida te las cobra”, comprade, dix it. Abandoné mi plan de discreción y derribé deliberadamente un florero, mismo que nunca fue de mi agrado. Un nuevo ruido se escuchó desde la recámara: el infalible sonido de una ventana que se abría y cerraba en cuestión de segundos.

Entonces pude avanzar, vi a Sonia nerviosa y agitada, estaba empapada en sudor. Usaba un camisón bastante sensual que no le conocía, me miró y me dijo:

“Amor, ¡Llegaste antes!” entonces me abrazó.

“Hacías ejercicio, ¿verdad, mi vida?” le dije.

“Si mi amor, quiero estar siempre bien para ti”

“Lo sé cariño”

“¿A qué hueles?” me preguntó.

“Ya sabes, en el avión se te pega el aroma de la gente” le respondí.

Sentí su pecho húmedo restregándose con el mío. Esa noche había habido un empate a cero goles; ni para qué hacerla de pedo, pensé, tal y como mi compadre suele decir en estas situaciones “chingamos y nos chingan al mismo tiempo, eso es la vida”.

 

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Categorías:Uncategorized
  1. Poz
    noviembre 26, 2010 en 9:30 pm

    ¡Ja!, ya me ha pasado. Bien dicen que la ficción supera a la realidad. Un abrazo, Frank.

  2. noviembre 26, 2010 en 9:31 pm

    Abrazo, poz…!

  3. noviembre 28, 2010 en 4:46 am

    Por cada gordo un corazón destruído? En colesterol, sin duda. Y unas rodillas, y unas lumbares, un sillón y sin duda un colchón. 🙂

  1. noviembre 26, 2010 en 10:10 pm

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