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Tú ganas.

Todo comienza con una taza de café matutino y termina con un dolor estomacal. Las agruras me acompañan desde hace mucho. Producto de cientos de tacos, tortas, miles de chiles jalapeños, litros de salsa, licores y bebidas alcohólicas. Toda una inversión, toda una vida.

Tania resuelve interesarse por mi estado y se dirige al baño. Parece que de súbito recordó que llevamos un año viviendo juntos. Ahí tenemos un pequeño botiquín con merteolate, aspirinas, laxantes y curitas. Saca una píldora de ranitidina y una de espacil compuesto y me los da con un trago de agua. Yo las ingiero con los ojos cerrados pensando que se trata de unos cacahuates garapiñados.

Minutos después estoy sobre el colchón contorsionándome como una anaconda. Ella me habla de muchas cosas al mismo tiempo: el trabajo, el auto, la cocina, las amigas, sus padres, sus tías, de la diabetes, de la importancia de la zarzamora en su vida. Su diálogo está lleno de pausas y gestos diversos como alzar la ceja, fruncirla la boca, arquear las narices, mover ligeramente las orejas en caso de asombro. En tanto, yo pierdo la noción del tiempo y lo que consideraba incontable se resumen en apenas unos minutos.

El efecto del medicamento tardará un poco más. La cama no es el refugio que yo esperaba y parece de clavos. Mi espalda y estómago me arden, como si por dentro me estrujaran. El sueño no llega. Tengo los ojos abiertos y miro el techo. Enciendo el televisor y voy de canal en canal como todo un desocupado. Lo soy, pues mi chica me mantiene desde hace diez meses.

Tania trae puesto un pijama que su madre le regaló. Ama sus pijamas pero no ha sido capaz de regalarme una. Duermo en shorts. En cuanto se da cuenta que enciendo la televisión abre los ojos y comienza la batalla.  En un acto sagaz me arrebata el control remoto. Con todo y mi dolor me incorporo y trato de quitárselo, sé que a esa hora en un canal americano pasan una serie que disfruto mucho. Pero ella insiste en ver el canal de recetas que dicta un joven apuesto. Entonces caigo en cuenta que no podré despojarla del control y me dirijo a la sala. Enciendo el estéreo con un disco de Motely Crüe y subo el volumen. Su respuesta es inmediata, deja el televisor encendido, le sube también al volumen y decide poner una canasta de ropa sucia en la lavadora. El ruido de la lavadora anula de inmediato al estéreo y la televisión. Sin dejar pasar más tiempo voy en busca de la aspiradora. La enciendo y me pongo a aspirar la sala. El ruido de la aspiradora logra distraer al de la lavadora de Tania, que para entonces está sacando la maquina para pulir pisos. Dejo encendida la aspiradora y me voy de inmediato al sótano por mis herramientas. Elijo el taladro y comienzo a hacer agujeros en la pared. Tengo muchos cuadros sin colgar y esta es la ocasión para hacerlo.

El tiempo corre veloz. Mi espalda y mi estomago comienzan a mejorar por el efecto del medicamento, pero la batalla no cede. Tania ha puesto verduras en el extractor de jugo, quiere uno de zanahoria. Respondo con un chocomilk de la ruidosa chocomilera. Nada nos detiene, nos miramos uno al otro sabiendo que cada acción tendrá un efecto mayor.

Debemos cuidar que todos los aparatos funcionen como una orquesta y efectivamente así sucede. La casa toda retumba sin tregua, nuestros tímpanos están al límite.

En pleno apogeo armónico del hogar escucho el timbre de la puerta. Es sumamente molesto y ruidoso, corro a la puerta para reclamarle a Tania el uso del dispositivo, generalmente usado como último recurso, pero noto que ella también corre hacia allá creyendo que he sido yo quien lo usó.

Nos detenemos en la puerta como frente a un jurado. Ninguno de los dos quiere abrir y por un momento damos la espalda para seguir con nuestras actividades, como si nada hubiese pasado. En ese momento vuelve a sonar el timbre y no queda duda, hay alguien ahí.

Abrimos al mismo tiempo como si cortáramos el listón en una inauguración. Los  bigotes de nuestro vecino se asoman. Luce demacrado y molesto, los ojos rojos y unas grandes bolsas rugosas bajo los párpados. Jura en nombre de su madre que uno de estos días va a matarnos y nos califica como “su peor pesadilla”.

Apenados regresamos al interior de nuestra casa. Debemos desconectar uno a uno los aparatos. Todavía hay que sacar la ropa de la lavadora y colgarla, tirar la basura de la aspiradora, barrer el polvo producido por el barreno del taladro y guardar los licuados. Hay tanto que hacer y estamos tan cansados que mejor decidimos regresar a cama y dormir. A fin de cuentas ya es domingo.

 

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Categorías:Uncategorized
  1. Caleidoscópica
    noviembre 14, 2010 en 10:45 pm

    Un par de seres dispersos habitando en un espacio. El ritmo es la cualidad a destacar. Diversión entre saturación de sonidos.

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