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Bienvenida

noviembre 26, 2010 4 comentarios

Abro la puerta ¿Pétalos de rosas en el piso, un caminito de diminutas velas que iluminan la casa en dirección a la habitación, inciensos estratégicamente distribuidos para aromatizar la casa, luces apagadas, música apacible? No me lo merezco. Casi rompo en llanto imaginando a Sonia preparando mi bienvenida.

Escucho un sonido extraño provenir de la recámara. Debe ser Sonia. Quizá he estropeado su sorpresa. Ella es abnegada y yo un esposo vulgar y desleal. Mi última fechoría fue en el avión. Mi vuelo se adelantó cuatro horas. Me tocó sentarme detrás de un gordo desagradable, pero a un lado de una suculenta jovencita.

Aproveché dos de las cuatro horas libres para metermeal hotel de aeropuerto con la chica sin nombre. El sexo llegó como ocurren estas cosas: un súbito apasionamiento producto de un roce accidental; luego las miradas, un fuego indescriptible transmitiéndose de una pupila a la otra; la frase hipócrita de “Perdone usted mi impertinencia” y la respuesta de “Fue un placer”.

¿Un placer? Aunque nadie lo crea, eso dijo y entonces todo estaba dicho.

Poco antes de aterrizar pronuncié muy cerca de su oído las palabras precisas “Tengo tiempo, ¿quieres ir a un hotel?”. Luego, la magia escurriendo de unos labios que, aunque operados me hicieron pensar en un paraíso natural. “Me hospedaré en el hotel del aeropuerto, mañana temprano haré trasbordo, ¿vienes?”. Claro, ese tono tropical, o no sé qué, penetrando como un rayo de incierta fecundidad, cimbrando mi entrepierna, disparando mi bragueta y haciéndome recordar uno de tantos dichos que dice mi compadre “Dónde muchos ven talento, carisma, carácter, inteligencia, yo veo un receptáculo dispuesto a ser llenado de semen”.

Sí, fue un chorro caliente de esperma sobre su vientre; su jadeo desapareciendo lento como un eco de avión y mi cuerpo en estado de bulto.

Al terminar, salí a a buscar un taxi. Por alguna razón en el trayecto no pensé en llamar a Sonia. No podía concentrarme en otra cosa que no fuera el gordo del avión. Más de la mitad del vuelo me la pasé preguntándome diversas cosas ¿Cómo cupo en le asiento? ¿Qué hace falta para que un hombre se transforme en una ballena? ¿Ha cogido? ¿Puede mirar sus pies? ¿Qué habrá bajo su papada? ¿Me pondría sus pantalones en caso de emergencia? ¿Algún día tendré un amigo obeso?

Era enternecedor ver como apretaba con su mano colosal la pequeña y frágil bolsa de cacahuates que la pichicata aerolínea nos proporcionó como gesto magnanimo de gratitud por nuestra lealtad “Gracias por preferirnos”. Bastaba ver el diminuto vaso perdido entre unos dedos que parecían las crías empachadas de hurón, para entrar en un estricto régimen de ejercicios.

“Dios no se equivocaba, por cada gordo había un corazón destruido”, decía mi compadre.

Finalmente llegué a casa. Mi mujer estaría dormida o algo así. Metí la llave con cuidado y la giré procurando no hacer ruido. Caminé por el improvisado camino de pétalos y velas, dsipuesto sobre la alfombra. Aspiré lo más hondo que pude el aroma del incienso. Los ruidos en la recámara seguían; quizá Sonia me había escuchado.

Un temor me invadió, pero no estaba dispuesto a corroborar nada que tuviera que ver con justicia divina o “la vida te las cobra”, comprade, dix it. Abandoné mi plan de discreción y derribé deliberadamente un florero, mismo que nunca fue de mi agrado. Un nuevo ruido se escuchó desde la recámara: el infalible sonido de una ventana que se abría y cerraba en cuestión de segundos.

Entonces pude avanzar, vi a Sonia nerviosa y agitada, estaba empapada en sudor. Usaba un camisón bastante sensual que no le conocía, me miró y me dijo:

“Amor, ¡Llegaste antes!” entonces me abrazó.

“Hacías ejercicio, ¿verdad, mi vida?” le dije.

“Si mi amor, quiero estar siempre bien para ti”

“Lo sé cariño”

“¿A qué hueles?” me preguntó.

“Ya sabes, en el avión se te pega el aroma de la gente” le respondí.

Sentí su pecho húmedo restregándose con el mío. Esa noche había habido un empate a cero goles; ni para qué hacerla de pedo, pensé, tal y como mi compadre suele decir en estas situaciones “chingamos y nos chingan al mismo tiempo, eso es la vida”.

 

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Tú ganas.

noviembre 4, 2010 1 comentario

Todo comienza con una taza de café matutino y termina con un dolor estomacal. Las agruras me acompañan desde hace mucho. Producto de cientos de tacos, tortas, miles de chiles jalapeños, litros de salsa, licores y bebidas alcohólicas. Toda una inversión, toda una vida.

Tania resuelve interesarse por mi estado y se dirige al baño. Parece que de súbito recordó que llevamos un año viviendo juntos. Ahí tenemos un pequeño botiquín con merteolate, aspirinas, laxantes y curitas. Saca una píldora de ranitidina y una de espacil compuesto y me los da con un trago de agua. Yo las ingiero con los ojos cerrados pensando que se trata de unos cacahuates garapiñados.

Minutos después estoy sobre el colchón contorsionándome como una anaconda. Ella me habla de muchas cosas al mismo tiempo: el trabajo, el auto, la cocina, las amigas, sus padres, sus tías, de la diabetes, de la importancia de la zarzamora en su vida. Su diálogo está lleno de pausas y gestos diversos como alzar la ceja, fruncirla la boca, arquear las narices, mover ligeramente las orejas en caso de asombro. En tanto, yo pierdo la noción del tiempo y lo que consideraba incontable se resumen en apenas unos minutos.

El efecto del medicamento tardará un poco más. La cama no es el refugio que yo esperaba y parece de clavos. Mi espalda y estómago me arden, como si por dentro me estrujaran. El sueño no llega. Tengo los ojos abiertos y miro el techo. Enciendo el televisor y voy de canal en canal como todo un desocupado. Lo soy, pues mi chica me mantiene desde hace diez meses.

Tania trae puesto un pijama que su madre le regaló. Ama sus pijamas pero no ha sido capaz de regalarme una. Duermo en shorts. En cuanto se da cuenta que enciendo la televisión abre los ojos y comienza la batalla.  En un acto sagaz me arrebata el control remoto. Con todo y mi dolor me incorporo y trato de quitárselo, sé que a esa hora en un canal americano pasan una serie que disfruto mucho. Pero ella insiste en ver el canal de recetas que dicta un joven apuesto. Entonces caigo en cuenta que no podré despojarla del control y me dirijo a la sala. Enciendo el estéreo con un disco de Motely Crüe y subo el volumen. Su respuesta es inmediata, deja el televisor encendido, le sube también al volumen y decide poner una canasta de ropa sucia en la lavadora. El ruido de la lavadora anula de inmediato al estéreo y la televisión. Sin dejar pasar más tiempo voy en busca de la aspiradora. La enciendo y me pongo a aspirar la sala. El ruido de la aspiradora logra distraer al de la lavadora de Tania, que para entonces está sacando la maquina para pulir pisos. Dejo encendida la aspiradora y me voy de inmediato al sótano por mis herramientas. Elijo el taladro y comienzo a hacer agujeros en la pared. Tengo muchos cuadros sin colgar y esta es la ocasión para hacerlo.

El tiempo corre veloz. Mi espalda y mi estomago comienzan a mejorar por el efecto del medicamento, pero la batalla no cede. Tania ha puesto verduras en el extractor de jugo, quiere uno de zanahoria. Respondo con un chocomilk de la ruidosa chocomilera. Nada nos detiene, nos miramos uno al otro sabiendo que cada acción tendrá un efecto mayor.

Debemos cuidar que todos los aparatos funcionen como una orquesta y efectivamente así sucede. La casa toda retumba sin tregua, nuestros tímpanos están al límite.

En pleno apogeo armónico del hogar escucho el timbre de la puerta. Es sumamente molesto y ruidoso, corro a la puerta para reclamarle a Tania el uso del dispositivo, generalmente usado como último recurso, pero noto que ella también corre hacia allá creyendo que he sido yo quien lo usó.

Nos detenemos en la puerta como frente a un jurado. Ninguno de los dos quiere abrir y por un momento damos la espalda para seguir con nuestras actividades, como si nada hubiese pasado. En ese momento vuelve a sonar el timbre y no queda duda, hay alguien ahí.

Abrimos al mismo tiempo como si cortáramos el listón en una inauguración. Los  bigotes de nuestro vecino se asoman. Luce demacrado y molesto, los ojos rojos y unas grandes bolsas rugosas bajo los párpados. Jura en nombre de su madre que uno de estos días va a matarnos y nos califica como “su peor pesadilla”.

Apenados regresamos al interior de nuestra casa. Debemos desconectar uno a uno los aparatos. Todavía hay que sacar la ropa de la lavadora y colgarla, tirar la basura de la aspiradora, barrer el polvo producido por el barreno del taladro y guardar los licuados. Hay tanto que hacer y estamos tan cansados que mejor decidimos regresar a cama y dormir. A fin de cuentas ya es domingo.

 

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