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Un hombre inteligente

Claudia dejó el café sobre la mesa. Se levantó con sus cincuenta kilos de sensualidad y fue a atender la puerta. Escuché sus pasos bajando las escaleras. Tres pisos de impaciencia separan el timbre de la puerta. Me quedé sentado en el reclinable. Me quité los zapatos, zafé el nudo de mi corbata, desfajé la camisa del pantalón y me estiré cuan largo era. Los minutos pasaban y Claudia no aparecía. Un hombre inteligente no debe entrometerse en la vida de su amante, pero esta tardanza me resultaba inusual. Me levanté y caminé en círculos. Terminé por acercarme a la ventana y la vi dialogando con un hombre mayor. Un hombre inteligente no debe tener celos de su amante. Debe saber que entre ella y él no existe otro compromiso que la satisfacción mutua. Sin embargo, una mujer sensata debe evitar hacer una cita doble. Sobre todo cuando ha confesado que como yo, no hay otro que sepa hacer las cosas de la cama. Eso sí que resulta intolerable.

Comencé a vestirme lo más rápido que pude. Pese a todo me sentía indignado. Ya casi terminaba de atarme las cintas cuando escuché los pasos de Claudia provenir de la escalera. El sonido de sus tacones es una alarma infalible. Le abrí la puerta y poco a poco fue apareciendo entre los escalones. Primero la cabeza con su tinte zanahoria, luego los hombros y la cadera, hasta que finalmente avanzó hacia mí con su paso de amazona urbana.

Las lágrimas envolvían su rostro. Un hombre inteligente no debe intimidarse ante las lágrimas de mujer alguna, mucho menos con las de su amante. Así que fingí desinterés y le dije secamente:

“Preciosa, debo marcharme”

Ella me miró y me detuvo en la puerta.

“Espera por favor”

“Tengo una vida, por si lo has olvidado, además te esperé lo suficiente”

“¿Es por el hombre que vino?” preguntó.

“¿Cuál hombre?” –respondí, sabiendo que un hombre inteligente no debe ni por error dar un guiño de sospecha o mejor dicho de interés respecto a la vida social de su amante.

–“No, no, ninguno”.

Claudia había controlado las lágrimas pero su rostro lucía descompuesto.

“Entonces luego te llamo” le dije, y salí de ahí un poco perturbado.

Un hombre inteligente no debe perturbarse cuando deja a su amante envuelta en lágrimas y con cara de cocodrilo. Tampoco debe perturbarse por rechazar la petición de ella por hacerlo quedar, así que me concentré en las cosas del trabajo.

Acudí a una cita de negocios. El hombre con el me vería, además de socio es mi amigo. Roberto me esperaba en un restaurante. Comenzamos a ponernos al día en asuntos relacionados a acciones, futuros mercados, indicadores económicos, alianzas, hasta que en un momento, Roberto me dijo:

“A ver cabrón, tú traes algo, ni creas que no me doy cuenta”

“Perdón” le dije

“No te hagas pendejo, conozco esa cara de marsupial que sueles poner cuando algo te preocupa”

Quise evadir el tema pero, me fue imposible. Terminé confesándole mi preocupación por Claudia.

“Esta mañana me sentí incómodo con Claudia” le dije

“¿Acaso tu mujer sospecha algo?” me preguntó

“No mames, ella no es capaz de intuir nada, se trata de Claudia”

“¿Qué le pasa?”

“No sé cabrón, estaba extraña, un hombre la visitó… lo recibió en la puerta y… regresó llorando”

“¿Y? ¿Qué pedo con eso?”

“Pues no sé cabrón, me sentí mal”

“Estás olvidando las reglas del hombre inteligente”

“Tal vez” le respondí.

Roberto propuso un brindis y luego olvidé el asunto. Ya de noche, la llamé desde la casa. Mi mujer había salido con sus amigas. Solía hacerlo todos los días. Se la pasaba en cafecitos, juegos, cócteles. Por lo general llegaba tarde y se dormía de inmediato. Solo hacíamos el amor estando de viaje. Era como si tuviera que pagar un precio por ello. El teléfono de Claudia sonó hasta que se escuchó el mensaje de la grabadora. No quise decir palabra y colgué. Me dormí sin esperar a mi mujer.

A la mañana siguiente desperté y mi mujer aún no llegaba. Por alguna razón me valía madres lo que hiciera de su vida. Ya estaba acostumbrado a despertar y hacerme yo solo el café, coger una fruta y marcharme a la oficina donde Lulú, mi secretaria me esperaba con el desayuno. Cuando llegué a la oficina no fue distinto. Lulú me esperaba con unos chilaquiles. Mientras desayunaba entró Lulú a mi oficina. Traía un sobre en manos. Por lo general no tolero que se me interrumpa en el desayuno, de no ser que se trate de una emergencia. Pues ahí estaba Lulú, con un rostro inexplicable tendiendo ese sobre en mi escritorio “Lo trajo un niño, dijo que era muy urgente, que usted entendería”.

Abrí el sobre como pude, pues mis manos estaban llenas de salsa. Era una carta de Claudia <<Cuando leas esto probablemente ya no exista más. Gracias por todo lo que me diste. Claudia Román>>. En la carta no mencionaba un motivo para matarse. Mi primera reacción fue pensar en que realmente no quería hacerlo. Según las estadísticas quien quiere matarse simplemente lo hace y ya, no anda dando avisos. No obstante, cabía la posibilidad de que Claudia quisiera hacerse daño.

Un hombre inteligente sabe que no deberá dejar morir a su amante si no tiene una nueva. Dejé a la mitad mi sagrado desayuno y fui a su casa. A Claudia la conocí en un bar cercano a la oficina. Ciertas veces solíamos ir allá un grupo de amigos. A su vez, Claudia iba con amigas, las del club de divorciadas. Sin embargo, Claudia no era divorciada sino simplemente sola. No había querido casarse y prefería establecer relaciones ocasionales que le permitieran ser independiente. Eso se terminó cuando me conoció a mí. Comenzamos a salir y a divertirnos juntos y acordamos cierta exclusividad. Nada sentimental, exclusividad sexual. Vivía a unas cuantas cuadras del bar y de mi oficina. Caminé hasta ahí lo más rápido que pude. Saqué el juego de llaves que me había dado, abrí la puerta exterior, subí los tres pisos, llegué a su puerta y al abrir la encontré tirada en la alfombra de la sala.

Tomé el teléfono y di aviso a los servicios médicos. Cerca de ahí había un frasco de antidepresivos, cosa que informé a los paramédicos. La ambulancia llegó transcurridos quince minutos. Durante ese tiempo le sostuve la mano y estuve atento a su pulso. La trasladaron a una clínica donde la estabilizaron. Fue purgada, le instalaron suero y una dieta ligera. Todo ese día no me paré más en la oficina. Llamé a mi mujer para avisarle que no iría a dormir, pretextando la enfermedad de un socio. Acompañé a Claudia durante la noche, debía quedarse en observación para darla de alta por la mañana. No pude pegar el ojo. La silla era incómoda, hacía calor y además Claudia parecía tener pesadillas. En la madrugada habló dormida, decía cosas como “detente, no lo hagas… por favor”. También mencionó un nombre al menos cinco veces, Eugenio Arriaga.

Por la mañana, cuando Claudia despertó, le dieron un desayuno y le informaron que podía salir en una hora. Una vez afuera pedimos un taxi para ir a su casa.

–¿Quién es Eugenio Arriaga? –le pregunté

–¿Cómo sabes tú de él?

–No paraste de decir su nombre toda la noche –le respondí –lo decías en medio de una pesadilla.

Claudia guardó silencio el resto del camino. Nuevamente se veía perturbada. Un hombre inteligente no debe ahondar en las pesadillas de su amante, ni en los nombres que en ella se pronuncien, pero ¿quién demonios es el tal Eugenio Arriaga que tanto miedo le provocaba? ¿Qué clase de daño le hizo para que de pronto lo sueñe así?

Al llegar a su domicilio lo primero que vi fue al hombre que dos días antes irrumpió en su puerta. Estaba de pie en la banqueta, como haciendo guardia. Llevaba un ramo de flores. Era mucho más viejo de lo que creí ver la vez anterior. Sus manos temblaban y se movía con dificultad. Lucia enfermo, con grandes ojeras. La piel del rostro le colgaba y los ojos se hundían en las cuencas.

Claudia se sobresaltó y se aferró a mi brazo.

–¿Te está haciendo daño ese hombre? –le pregunté mientras señalaba al anciano. Al decir esto, sabía que estaba traicionado las reglas del hombre inteligente, pero no había marcha atrás. Claudia se descompuso y comenzó a temblar y llorar y se agarraba de mi brazo como si sintiera fobia o asco por aquel anciano. El hombre no dejaba de verla y conforme nos acercamos a la puerta él también se acercó hasta allí. Saqué mis llaves y abrí el portón. El hombre amenazó con entrar. Claudia ya estaba adentro y me interpuse en el camino del anciano. Un hombre inteligente no debe golpear a un anciano, así que sólo puse mi cuerpo como escudo. El forcejeo no podía ir más allá. De habérmelo propuesto hubiera tumbado al viejo con mi aliento. De pronto, Claudia intervino “déjalo entrar”.

Subió apresuradamente las escaleras, yo le seguía y enseguida de mí venía el anciano subiendo con dificultad. Cuando llegué a su piso no encontré a Claudia. Me quedé de pie en la sala y luego entró el anciano. Escuché ruidos en una habitación que Claudia usaba para guardar tiliches. El anciano la llamaba y le suplicaba que saliera. Yo me sentía como un pendejo, como algo que bajo ninguna circunstancia debe ser un hombre inteligente.

Al poco tiempo salió Claudia. Se veía diferente, era totalmente otra mujer. No era la mujer convaleciente que desea reposar después de intentar suicidarse, sino un animal de mirada perdida.

“Ese hombre es Eugenio Arriaga” me dijo.

“Perdóname hija, te lo suplico”.

Yo no entendía nada. Claudia usaba como apellido Román y no Arriaga.

“¡Vete al infierno! cerdo violador” le gritó ella.

Una mala película pasó por mi mente, una en blanco y negro, una de la que no tenía mayor referencia que los noticiarios y las malas lenguas, una que también  reflejaba la vida que había llevando durante los últimos dos años.

“Eso pasó hace muchos años Claudia” le decía el hombre.

“¿Y crees que para mí ha sido fácil? ¿Crees que ha sido sencillo vivir en este cuerpo todos estos años? ¿Crees que es muy grato soñar y que en mi sueño estés tú?”

“Claudia te lo suplico, perdóname, me estoy muriendo”

“¡Pues yo estoy muerta, muerta! Escúchalo bien ¡muerta! Desde entonces”

Dicho esto comenzó a llorar y a romper cosas de la casa. Su padre seguía inmóvil con el ramo de flores en la mano yo como todo un imbécil. Lo que siguió ocurrió en segundos, Claudia sacó de su ropa una pistola de bajo calibre, le apuntó y detonó en dos ocasiones el arma. El anciano se desplomó de inmediato. Claudia se acercó a él, estaba de pie mirándolo al rostro y le dijo “te perdono”.

En ese momento recordé que un hombre inteligente debe abandonar de inmediato la escena en la que su amante mata a su padre violador, olvidarla para siempre y buscar otra que preferentemente esté cuerda.

 

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Categorías:Uncategorized
  1. octubre 28, 2010 en 12:49 am

    Cuerda, o mínimo, sin armas en casa.

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