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Debbie

Debbie está en la cama. Su cuerpo ocupa una gran parte del colchón. El cabello suelto forma un abanico que se despliega sobre la almohada. Un aire infinitesimal mece sus puntas. Duerme y su ropa deja al descubierto el monte de Venus poblado de vellos. Un poco más arriba, sus senos parecen descorrerse del pecho. Bajo sus párpados se dejan ver vertiginosos movimientos oculares en un ir y venir inexplicable. En la habitación hay una esencia novedosa, un olor total que me sumerge en la noche de los recuerdos.

Nunca antes había descrito a una mujer así, como a Debbie, ni cuando escribí poesía. Ni siquiera a mi madre, a quien tanto amé la puse a la altura de esta peculiar musa. Estoy leyendo el periódico. La observo en lapsos breves y regreso a mi lectura. A decir verdad, la encuentro irreconocible. Me siento ligeramente cansado. El cuerpo me pesa como si fuera una bola de plomo. De hecho no me he repuesto de la faena de ayer.

Hace una mañana linda, a juzgar por los débiles rayos de luz que iluminan la recámara. Debbie o como quiera que se llame me recuerda a mi madre. La conocí anteayer cuando iba por la carretera. Todos los atardeceres conduzco hacia un claro del bosque. Estoy acostumbrado a transitar esta ruta en soledad y silencio, sólo con la compañía de mis recuerdos. Cuando me interno al bosque, suelo recostarme sobre una lomita hasta que anochece. Toda vez que las estrellas asoman sus flácidas patitas inicio un diálogo con el universo. Me adentro en la tersa negrura del espacio hasta desaparecerlo todo, hasta hacer de mí una cosa sin sustancia, sin referencia precisa, una nada tendida bajo el cielo a la espera de la señal precisa.

A mi madre le gustaba el nombre de Debbie y cuando niña lo eligió para su muñeca favorita. Luego nombró así a una gatita peluda que le regaló su madrina Luz. Hasta el día de hoy, esa parte de mi vida persiste en mi memoria.

Como dije, anteayer conducía hasta mi refugio entre los pinos. Iba conduciendo por un tramo particularmente oscuro cuando la vi. Era una mancha de luz en la negrura, iluminada por los faros de mi troca. Al principio me pareció una figura bestial arrastrándose en la vera del asfalto. Conforme me aproximé fui bajando la velocidad y vi que se trataba de una chica.

Detuve la camioneta a su lado para preguntarle:

—¿Estás bien muchacha?

Su voz de ceniza contestó “no” y sin pedirme permiso se subió a la camioneta.

—¿Qué te pasa? —le pregunté

—Nada señor, nada

—¿Cómo que nada, si te ves triste? –no despegaba las manos del pecho, lucía desarreglada y como si hubiera estado llorando por un buen rato.

—Nada que pueda interesarle señor, cosas de chicas –me dijo y comenzó a tranquilizarse

—¿Y por qué subiste a mi troca?

—Porque usted me dio confianza

Confianza, una palabra rara en mis oídos, lejana en mi vida. Un silencio nos invadió hasta que su llanto regresó como una lluvia de cristales. Me interné en el bosque y ella no decía nada. Se dedicaba a mirar hacia fuera y a secarse las lágrimas. Al llegar al claro en el bosque donde noche a noche busco la paz detuve la marcha.

Le dije:

–Ven, acompáñame, esto va a gustarte.

Bajó de la camioneta y siguió mis pasos. La luna iluminaba perfectamente el lugar. Podían verse los ocho montículos sobre los que solía recostarme. Nos echamos sobre el pastizal y dejó de llorar. Una nata de estrellas nos cubría, una que para mí tenía un significado especial, un valor como ninguno.

No había motivo para romanticismos entre nosotros, pero sin más preámbulo que una mirada la chica comenzó a besarme. Me sentí ligeramente incómodo, algo me inhibía, me hacía retroceder a medida que ella metía su lengua en mi boca. Sentí un pudor, un miedo. Además, su boca era un musgo arrollador y su lengua desprendía un calor de alcantarilla que para mí era una invitación a no besarla nuevamente.

—¿Ya te sientes mejor, muchacha? –le pregunté

—Sí, señor, gracias. ¿Cuál es su nombre?

—La gente del pueblo me llama Joe, Joe el solitario –emití una pequeña carcajada y ella también rió con mi comentario.

—Ha sido usted muy amable conmigo, estoy sorprendida

—Y lo que falta muchacha —Al decirle esto, la vista se me nubló, un temblor me recorrió la piel. Pude recuperarme casi de inmediato de esa sensación electrizante, de esa pausa, no sin antes advertir un vacío en mi interior y unas ganas de olvidarme de todo y dedicarme a vivir el instante.

La invité a mi cabaña, es acogedora, en ella todo tiene una razón de ser. La nostalgia o una cosa parecida se han adueñado de sus espacios y a veces luce triste. Las cosas de mi madre avivan su interior pero bajo su techo hay un vértigo que me cala. Estando ahí no puedo dejar de caer, de hundirme, pero estando afuera no encuentro el piso y debo hacer un esfuerzo para no volar a las estrellas.

En el camino, le comenté Debie que las infusiones de mi madre eran únicas. Con la promesa de terminar de tranquilizarse bebiendo un té, accedió a ir conmigo. Entonces subimos a la troca. La carretera estaba tan solitaria como siempre, pero tuve la atención de mirar por los espejos por si algún vehículo se aproximaba. Encendí la radio en una estación de música romántica. Era la que mi madre escuchaba. En un momento dado, mientras cambiaba de velocidad rocé sus muslos con mi puño. Fue un movimiento involuntario que poco a poco se transformó en voluntario. Una sensación añeja y primitiva me inundó. Mis dedos se cargaron se una energía extraordinario. Algo que en la soledad de las noches se presentaba sin nombre, como un aullido provenido de algún remoto lugar de mi instinto, tomaba ahora la forma de mis nudillos. Ella me miró con pasión o mis ojos creyeron ver en los suyos un fuego, un calor, una invitación. Íbamos por la carretera como en un escenario dispuesto a servir de telón para algo más que un traslado. Moderé la marcha para evitar llegar pronto a la cabaña. Nos volvimos a mirar y busqué de nueva cuenta sus piernas. Ahí estaban, bajo una falda ligeramente alzada. Dejaban ver unos vellos rubios que se hacían notar más con la luz de la luna. De pronto mordió uno de sus labios y bajó la mirada como si buscara mi bragueta. Juré que se trataba de una señal para que le metiera la mano. Noté que estaba sonrojada y me excité, pero segundos después puso su mano sobre la radio y sintonizó una estación de música country. Abandoné la empresa para entonar una canción campestre.

Pensar que ahora duerme como una flama vencida en mi cama y que esta mañana no es más que un huracán degradado a tormenta tropical.

Dejo el periódico en la silla y voy a la cocina por un jugo de naranja. Siempre suelo tener una jarra lista para saciarme. Mi madre solía tenerme una jarra cada mañana. La naranja es un gran afrodisíaco, su sabor dulce crispa mis sentidos y cientos de veces, cuando en la soledad me inunda la nostalgia, me he visto orillado a saciar con mis manos mis necesidades sexuales. Mi baño es un museo del semen.

Al regresar a la habitación sigo observándola. Ya casi son las ocho y no despierta. Ayer gritó como loca. Pensé que se desmayaría, al menos esa sería la conducta normal en un ser vivo después de ser tan dulcemente agobiado. Sin embargo no fue así, gritaba y gritaba evitando desfallecer, viviendo al máximo una experiencia extrema. De esa forma se arriesgaba a recibir otra dosis de adrenalina casera. Yo le dije en el tono más amoroso que pude: “Mira Debbie, a veces es inútil gritar, te gusta o te duela lo que te hagan, de ahí no pasará, del muro, del techo, de la garganta”. No me creyó y seguramente despertará afónica.

Esa noche, cuando llegamos a la cabaña, me preguntó “¿Dónde está tu madre Joe?” No pude evitar sentir perturbado mi corazón “Está muerta” le dije. Pero eso no significaba nada, vivir, morir. Al menos, no significaba nada como para recibir un abrazo tan cálido y prolongado como el que me dio.

Estábamos en la cocina. Ella inspeccionaba todo. Saqué el costal de hierbas y comencé a mezclarlas. Le preparé un té especial, mi madre lo bautizó como el implacable. Solía dármelo cuando me notaba alterado.

—Con esto vas a olvidar todo —le dije

Puse la taza a la altura de su barbilla y comenzó a ingerirlo con rapidez y gusto.

—Está dulce y tiene un sedimento particular, me recuerda a un té que me preparaban en el internado —comentó mientras se limpiaba los labios con una servilleta.

A los veinte minutos comenzó el efecto. Caía en somnolencia, la vida se le agazapaba detrás del sueño. Cabeceaba con inocencia, como preguntándole al viento qué es lo que le pasaba. Me costó trabajo levantarla de la silla para arrastrarla hasta el sótano. Quitarle la ropa fue un acto crucial que me exigió raer su falda y bragas. Entonces comencé a violarla mientras pensaba en mi madre. Sus manos, su piel tostada, sus ojos transparentes y su cabello siempre suelto. Recordé lo buena que era conmigo, la forma en que me cuidaba de las maldades del mundo, la manera en que me daba la sopa cuidando siempre de no ensuciarme, las veces que se quedaba conmigo en la cama y me acariciaba todo para purificar mi energía.

Cuando Debbie despertó y se vio atada a una silla comenzó a llorar y gritar desesperadamente. Preguntaba cosas incomprensibles. Descubrió que estaba desnuda de la cintura para abajo y los ojos se le salían, húmedos y aterrados.

Me arrepentí de no haberle puesto una mascada en la boca, pues sus cuestionamientos me incomodaban, eran abundantes y ligeramente histéricos. Además, el tono de su voz se había vuelto insoportable, como el de una víctima.

Finalmente le tapé la boca con un trozo de estopa que me encontré tirado, creo que lo usé para tapar un contenedor de petróleo. Comencé a abofetearla. La sensación de mi mano rebotando en sus mejillas era deliciosa, se le ponían tan rojas como una manzana. Lo hacía porque siempre tuve la duda de si realmente se escuchaba ese chasquido como en las novelas que veía mamá, cuando las mujeres abofeteaban a los hombres. Pude descubrir que había importantes variantes, ya que los sonidos emergidos de los cachetes de Debbie tendían a ser secos, a diferencia del estruendo de aquellos que escuchaba en la televisión. Lo cierto es que los zapes en la frente eran lo mejor, producían una nota interesante, no como el de un látigo en la epidermis. Cuando veía venir mi mano cerraba los ojos y temblaba, su cabello rebotaba, su cabeza era una medusa.

Ya era tarde y me fui a dormir. Hasta mi cama llegaban sus gemidos. Comencé a rezar por mi madre. Intenté hablarle, pero sólo bajo las estrellas se comunica conmigo.

A la mañana siguiente bajé a ver a Debbie. Un rayito de luz la iluminaba. Estaba totalmente dormida. Yo no haría eso en una casa ajena. Es de malos modales seguir dormido cuando el anfitrión ya está en pie, al menos eso me enseñó mi madre.

Me quedé unos minutos contemplándola. Se desparramaba de la silla. Sus muslos eran tan grandes como dos manatíes. Parecía un helado triple de esos que me compraba mamá. Babeaba como una idiota y en ese momento dejó de simpatizarme. Fui por un balde con agua helada y se lo eché al cuerpo. Le reclamé su impertinencia. ¿Cómo era posible que durmiera mientras yo ya estaba despierto? Después fui por mis navajas de afeitar. Ella me miraba y gemía. Jugué con la navaja frente a sus ojos.

—¿Qué crees que voy a hacer? –le decía mientras le pasaba por los ojos las navajas.

Como no me respondió pateé su vientre ¡No soporto la indolencia! Afilé la cuchilla lo más que pude y la pasé por su piel. Mi intención no era cortarla, sino simplemente ver su reacción frente a una cuchilla ávida de sangre. Malamente su reacción era compulsiva y de esa forma, se producía heridas que poco a poco pigmentaron de rojo su piel.

—Con tanta grasa va a estar cabrón que te desangres, ¿no crees?

Seguía sin decir nada. Grosera, pensé. Seguí jugando con la navaja hasta que comencé a excitarme de nueva cuenta. Le abrí con mucha dificultad las piernas y la penetré con violencia. Entraba y salía de ella mientras bufaba —pensé en el tren de vapor que nunca me regalaron, mamá ni el tío Saúl, que se quedaba por las noches en el cuarto de mamá para cuidarnos, aunque por lo general me maltrataba—. Sudé tanto que me invadió un asco repentino. La nausea que proviene de uno mismo, pensé. Tuve que castigarla por ello. Le pegué con la hebilla de mi cinturón. Fue difícil hacerlo, el castigo fue duro, pero tenía que corregir esa desviación.

Ya era tarde y me sentí cansado, no había comido y fui por un bocadillo a la cocina. Encendí el televisor para ver los juegos vespertinos. Me quedé súbitamente dormido. Al despertar fui a darme una ducha, el olor de mi sudor era insoportable. Después regresé con ella. La noté despreocupada, no se exaltó al verme. Incluso comencé a inquietarme cuando vi en sus ojos señales de odio. La gente no debe odiar, eso es malo, por lo menos eso decía mi madre y lo confirmo. Le advertí que si no cambiaba su gesto me vería en la necesidad de corregir esa grave desviación. Escuché un gruñido que interpreté como una negativa a modificar su actitud y tuve que sentarme a pensar el castigo.

Fue ahí cuando descubrí la vieja lámpara fundida. Arranqué el cable y le saqué punta a fin de que los hilos de cobre quedaran desnudos, enchufé la clavija en la toma de corriente, mojé a la gordita y comencé a darle de toques. Le apliqué un largo correctivo hasta que desfallecimos. Gritó y gritó, su resistencia me tenía obnubilado. Después decidí liberarla de la silla y con mucho, mucho esfuerzo, la subí a la habitación.

Era tan pesada que estaba tentado a matarla. Nadie con ese peso merece vivir y mucho menos hacer sufrir al otro. A mí me estaba produciendo sufrimientos infinitos. Era hora de dormir.

Esta mañana me desperté primero que ella. Salí a comprar el periódico, como ya lo he dicho, y me puse a observarla. Me he tomado un jugo de naranja que por lo general despierta mi libidinosidad. He regresado a mi habitación un tanto excitado.

No sé que hacer, van a ser las nueve y no despierta. Algunos hombres suelen dicen en los bares que hay mujeres a las que se las han metido por todas partes. Debbie abre los ojos. ¿Cómo será una penetración por el ojo? ¿Sexo clarividente? Decido averiguarlo y me saco la verga. Me la pongo tan dura como una rodilla. Voy hacia ella, está esposada a la cabecera. Apunto mi pene a su ojo izquierdo. Ella lo cierra, pego mi glande a su párpado y se desmaya. Minutos después, Debbie es tuerta.

Limpio su rostro y veo mi pene, la sangre me desagrada. Me recuesto a su lado para abrazarla tiernamente, el sueño me vence. Tengo la impresión de que ha tenido una vida terrible, merece amor y atención. Creo que he sido un poco injusto y deseo recompensarla. ¡Para eso está el futuro! Esa cosa tan breve. Sueño con Debbie. Mi madre siempre quiso para mí una mujercita de generosas carnes. Aunque creo que con ésta también se equivocó.

En mi sueño Debbie vuelve a aparecer en la carretera, pero tiene el rostro de mi madre, luego cambia al de otra mujer, luego a otra hasta parecer irreconocible. Cuando me detengo en la camioneta veo que su caro no tiene forma, sube y no dice palabras. Entonces me bajo del vehículo y me voy caminando hasta el claro del bosque.

Pese a todo, he decidido que Debbie estará conmigo el resto de su vida, aunque tal cosa no pase quizá de dos o tres días. Algo es algo. Al despertar de mi sueño, me doy una ducha y salgo a la carretera. Ya casi anochece, debo agradecerle a mi madre la llegada de esta nueva chica y de paso elegir el lugar donde la enterraré junto a las otras Debbies. La luna ilumina los ocho montículos de sus hermanas, la escena es tan dulce que no sé qué pasará cuando me falte Debbie.

 

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Categorías:Uncategorized
  1. Renzo
    octubre 20, 2010 en 3:56 am

    Interesante la historia y como el anterior con desenlace inesperado. No voy a aclarar nada para que lo lean =P. Arregla algunas palabras que tienen errores de tipeo.

    • octubre 20, 2010 en 3:58 am

      Si caray. Ya que lo releí vi la serie de erratas. Gracias por echarte el clavado acá. Abrazo.

  2. Poz
    octubre 20, 2010 en 4:21 am

    Es genial.

  3. octubre 25, 2010 en 12:30 am

    Maravilloso, no hay forma de parar, quieres que siga y siga y siga…. justo así, como él, Joe.

  4. prunila
    noviembre 12, 2010 en 7:21 pm

    Frank, puedes quitar la entrada “Hello World” y los enlaces que vienen por defecto. Poner en su lugar TUS enlaces a cortina de humo, Twitter i Face.

    Estoy mirando cómo funciona la auto-publicación en Amazon. He hecho una prueba. Cuando esté disponible (ahora la está revisando el señor Amazon), te la muestro.

    Abrazo

    Xavier

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