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Benjamín Alves

No me sorprende estar aquí rasgándome los dedos sobre el muro salitroso. La sorpresa es descubrir que tengo la mirada en un punto fijo y que pese a ello, no veo nada. Me he acostumbrado a este murmullo de siseos ocasionales, de puertas que se cierran con fuerza, a veces, de voces exaltadas que se apagan repentinamente. Le doy la espalda al muro y este acto tan sencillo me sorprende. Mi mirada sigue igual, sin ver o mejor dicho viendo todo como si se tratara de algo espectral. Entonces me doy cuenta de que algo comienza a interrogarme. La duda es: ¿Soy yo el que está aquí o se trata de Benjamín Alves?

Elevo mis manos ¿Cuántas cosas han tocado, cuantos golpes han dado, cuantas palabras han escrito, cuantas veces temblaron, cuántas retrocedieron, qué cuerpos tocaron? Me toco el rostro y siento su resequedad, su porosidad, el letargo en el que está. Debo decir que no sé quien soy, para saber si lo que fui ya pasó o está pasando. En cualquier caso preferiría no saber nada, sólo frases que signifiquen el fin de la palabra, como: sí señor, no señor, a sus órdenes.

El tiempo tiene un zumbido. Al menos así se siente aquí. Regreso al muro salitroso para ver nuevamente mis manos. En las yemas tengo llagas. He querido escribir una historia con las uñas pero el muro salitroso se resiste. Mis manos escriben una caligrafía del dolor, el propio y el ajeno, el que conozco y el que desconozco, el que se inscribe a la distancia y el que se suscribe en la cotidianidad. Pero nada de esto explica qué soy ni cuándo me perdí.

Hace tiempo que no veo mi rostro. Me niego a delinearlo o mejor dicho a precisarlo. Prefiero imaginar, traerlo de donde esté y ponerlo bajo los párpados. Así a ojos cerrados vuelvo a ser el que fui, alguien con esperanzas, con sueños, uno que podía caminar por la calle entre los otros sin bajar la mirada, sin buscar extraviarse entre la multitud. Ahora sólo puedo reconocerlo desde los dedos, desde mis yemas con sus llagas de historias silenciadas. Tampoco me acostumbro a mirar a nadie. Mucho menos a los ojos. Siento una culpa repentina, como si estuviera frente a un muerto. En general, los rostros representan en mi vida la imagen del olvido. Las personas con las que trato carecen de nombre, tienen nomenclaturas, insignias, edictos, son casos cerrados o abiertos. El rostro es la puerta del engaño y el gesto de la argucia ¿hace cuanto dejé de sonreír? Lo ignoro y río, sí porque en la risa he encontrado un camuflaje contra la mueca de la muerte.

Ahora observo al hombre que no ha dejado de mirarme. Me mira y lo miro y encuentro incómodo el hecho. Es como si tratáramos de minimizar la circunstancia, como si cada quien desde su lado y desde su silencio quisiera que el otro fuese una ficción, como si el cuerpo nos protegiera de las ávidas pupilas de un invasor, como si esta realidad llena de humedad y sombras nos protegiera y delimitara. El hombre que me mira hace anotaciones en una pequeña libreta. Yo no tengo esa ventaja, yo debo almacenar en algún lugar del corazón o de la rabia o de la memoria o del olvido, lo que veo y vivo.

Se aproxima y me pregunta:

–¿Es usted Benjamín Alves?

No me sorprende estar aquí rasgándome los dedos en un muro salitroso. Tengo mucho que decir y pocas palabras para hacerlo, de llegar a decir lo que me embarga, sentiría en mi garganta la verdad como un vidrio que al pasar desgarra todo.

He pensado mucho, lo que ha pasado aquí los últimos treinta años no es culpa mía. Dios es un cretino que nos hace velar por un enfermo miserable: el mundo. ¿Qué tenía que hacer, cómo podría librarme de este destino miserable? ¿Cómo? Todo en mi vida es un fui. Fui esto, aquello, con este con aquel, con aquella, con ellos. Siempre debo ser un fui. No sé quién soy, pero de algo estoy seguro, no soy malo. Cuando pude ayudar a alguien lo hice. Una vez asistí a una moribunda, murió en mis brazos esa vieja menesterosa y abandonada por el mundo. Entonces yo era joven y amaba a Maya. He hecho el bien, aún hoy hay quienes se me acercan para susurrarme “no es culpa tuya… no lo tomes tan a pecho… eres parte del sistema…” pero ellos no saben nada de mí, al menos no saben nada más de lo que yo sé.

–Yo no soy Benjamín Alves –le respondo al hombre

–¿Es usted el de la fotografía, aquí en el periódico? –me pregunta señalando una imagen en un diario viejo.

–¿Cómo saberlo? No me gustan los rostros, de hecho suelo olvidarlos con frecuencia –le respondo.

El estómago se me ha revuelto. Yo no soy ni fui Benjamín Alves ¿Por qué demonios tengo que ser? Desde pequeño especulé con ese asunto. No hubo lugar en donde no se hablara de ello, en la escuela, en la familia, con los amigos, en la televisión, en la radio, en misa. Aparentemente la fuerza del mundo me orillaba a ser, sin embargo mi corazón estaba vacío. Me sentía como un producto del azar, una masa arrojada violentamente al mundo. Quizá no tuve tiempo de saber quién era. Creo que de haberlo sabido muy joven habría sido demasiado pronto y ahora que soy viejo, demasiado tarde. Lo cierto es que hice un esfuerzo por encontrarme y lo único que hallé fue a un tránsfuga de mí mismo. ¿Quién soy yo? Al que no le sorprende arañar una pared como buscando un lienzo donde escribir una historia.

No me sorprende estar aquí, rasgando el salitre mientras voy dejando diminutas manchas de sangre en la pared. El hombre ha vuelto a mirarme y de algún modo me despierta simpatía. Su no decir nada es gozoso, su apariencia pétrea, su mirada de espiral. Llegó hace apenas unos días y desde entonces no había dicho palabra, se había limitado a observarme mientras rasguñaba el muro y yo me limité a olvidarlo.

Aquí los días no pasan aunque pasen. De pronto parecen acelerarse pero la atmósfera es la misma, la humedad, las sombras, un rayo de luz solar que entra sin rozar a nadie, como si fuese una parodia del sol. Aquí los días son como un tramo de vida no vivido, son las vidas que tomo y olvido para seguir en pie buscando el muro, son las máscaras que debo usar y quitarme sin saber cuál seguirá y cuál dejé, ni quién las usará después o si alguien llegará a usarlas. Las máscaras son mi verdadero nombre, no son bellas ni feas, ni buenas ni malas, son especiales, para días inéditos.

El hombre vuelve a acercarse. Se recarga en su lado del muro con desgana. Yo sigo rascando mi parte de muro, me siento como un insecto en una vitrina, pero también lo veo a él como un bicho raro. Este espacio es aterrador y puede confundir a cualquiera.

–¿Ya casi es hora? –me pregunta.

–Qué te importa –le respondo.

¿Qué es el tiempo mientras uno muere, el otro muere y todos morimos? Aquí o allá, el tiempo es lo que nos deja.

–¿Eres o no Benjamín Alves? –insiste en preguntar.

Sigue leyendo ese diario viejo.

–En esta fotografía se ve más joven, incluso más fuerte, realmente transmitía miedo, pero ahora que lo veo…

El hombre cae en un silencio súbito. Yo intento no escucharlo pero es inútil, las voces rebotan y se amplifican.

–¡No soy Benjamín Alves! – le grito al hombre que al escucharme abre los ojos.

¡No, no lo soy, no soy Benjamín Alves! Tengo unos dedos descarnados que no son míos, que le pertenecen al futuro. No soy nada y mis padres insistieron “debes ser algo, lo que sea pero algo, si se puede, el mejor”.

Entonces, quizá sea yo la ausencia. Estoy en una orilla, con la frente pegada al muro salitroso, la humedad y el calor son sofocantes, la sombra es terminal. El silencio embiste cada rincón, grita, enuncia, pero nosotros callamos, cada uno en su parte del muro. Me ha pasado tantas veces, verme aquí deseando estar en otro lado, saberme aquí y desconocerme, que ya nada me importa. El pasado, ser algo, los sueños, lo que fui, lo que no soy, no me sirve de nada. Ya debería estar acostumbrado.

Desde el fondo del pasillo, allá donde la luz solar entra sin rozar nada, escucho el rechinar de la puerta. Por ella avanza un hombrecillo uniformado. Trae consigo un juego de llaves, avanza lento pero mirando su reloj, se acerca a mí con ese aire de familiaridad que da a los días el matiz de la costumbre. Yo no quiero mirarlo más, agacho la cabeza, veo mis zapatos ¿hace cuanto no doy un paseo?

El hombrecillo se detiene y se lleva la mano a la barbilla, me dice:

–Ya es hora Benjamín –y respondo

–Sí señor, a sus órdenes.

Menea el juego de llaves y elige una, la mete por la cerradura y mirando al hombre del otro lado del muro le dice “es hora de pagar tus crímenes”.

Ríe, de hecho irónicamente, como quien triunfa. Yo sigo sin despegar los ojos de mis zapatos y en un movimiento ciego alzo la mano hasta tocar un anaquel, ahí está mi capucha, mis guantes. Me coloco la capucha negra y los guantes de cuero. Las heridas de mis dedos arden.

Caminamos los tres hacia la salida. Es un pasillo mal iluminado que conduce a la sala terminal. Adentro hay una silla con los implementos necesarios para electrocutar, nos separa un grueso vidrio de la sala de observación. Ahí se sientan familiares, personas de derechos humanos y burócratas de la justicia. Yo me pongo en mi lugar, y espero a que lean la sentencia.

El hombre que lee, pregunta al que va a ser ejecutado, cuáles son sus últimas palabras, pero no hay respuesta. Entonces me da la señal, volteo al público y veo a un sacerdote haciendo la señal de la cruz, persignándose. Bajo la palanca y la descarga de muerte se apodera del cuerpo del hombre y este comienza a convulsionarse. El público hace una exclamación de horror que se confunde con una de fascinación.

Entonces digo para mí: “misión cumplida”. Los ojos se me ponen llorosos, las manos me tiemblan, todos los nervios de mi cuerpo emiten señales que me cedan. Llega a mi mente el recuerdo del hombre ya sin vida y pienso “yo no soy Benjamín Alves, ése es un verdugo al que debo olvidar”.

 

 

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Categorías:Uncategorized
  1. Yo.
    octubre 16, 2010 en 8:26 pm

    Inquietante de principio a fin. Excelente.

  2. octubre 17, 2010 en 9:05 pm

    Valla manera de narrar. Bravo.

  1. octubre 16, 2010 en 8:13 pm

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