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Un hombre inteligente

octubre 28, 2010 1 comentario

Claudia dejó el café sobre la mesa. Se levantó con sus cincuenta kilos de sensualidad y fue a atender la puerta. Escuché sus pasos bajando las escaleras. Tres pisos de impaciencia separan el timbre de la puerta. Me quedé sentado en el reclinable. Me quité los zapatos, zafé el nudo de mi corbata, desfajé la camisa del pantalón y me estiré cuan largo era. Los minutos pasaban y Claudia no aparecía. Un hombre inteligente no debe entrometerse en la vida de su amante, pero esta tardanza me resultaba inusual. Me levanté y caminé en círculos. Terminé por acercarme a la ventana y la vi dialogando con un hombre mayor. Un hombre inteligente no debe tener celos de su amante. Debe saber que entre ella y él no existe otro compromiso que la satisfacción mutua. Sin embargo, una mujer sensata debe evitar hacer una cita doble. Sobre todo cuando ha confesado que como yo, no hay otro que sepa hacer las cosas de la cama. Eso sí que resulta intolerable.

Comencé a vestirme lo más rápido que pude. Pese a todo me sentía indignado. Ya casi terminaba de atarme las cintas cuando escuché los pasos de Claudia provenir de la escalera. El sonido de sus tacones es una alarma infalible. Le abrí la puerta y poco a poco fue apareciendo entre los escalones. Primero la cabeza con su tinte zanahoria, luego los hombros y la cadera, hasta que finalmente avanzó hacia mí con su paso de amazona urbana.

Las lágrimas envolvían su rostro. Un hombre inteligente no debe intimidarse ante las lágrimas de mujer alguna, mucho menos con las de su amante. Así que fingí desinterés y le dije secamente:

“Preciosa, debo marcharme”

Ella me miró y me detuvo en la puerta.

“Espera por favor”

“Tengo una vida, por si lo has olvidado, además te esperé lo suficiente”

“¿Es por el hombre que vino?” preguntó.

“¿Cuál hombre?” –respondí, sabiendo que un hombre inteligente no debe ni por error dar un guiño de sospecha o mejor dicho de interés respecto a la vida social de su amante.

–“No, no, ninguno”.

Claudia había controlado las lágrimas pero su rostro lucía descompuesto.

“Entonces luego te llamo” le dije, y salí de ahí un poco perturbado.

Un hombre inteligente no debe perturbarse cuando deja a su amante envuelta en lágrimas y con cara de cocodrilo. Tampoco debe perturbarse por rechazar la petición de ella por hacerlo quedar, así que me concentré en las cosas del trabajo.

Acudí a una cita de negocios. El hombre con el me vería, además de socio es mi amigo. Roberto me esperaba en un restaurante. Comenzamos a ponernos al día en asuntos relacionados a acciones, futuros mercados, indicadores económicos, alianzas, hasta que en un momento, Roberto me dijo:

“A ver cabrón, tú traes algo, ni creas que no me doy cuenta”

“Perdón” le dije

“No te hagas pendejo, conozco esa cara de marsupial que sueles poner cuando algo te preocupa”

Quise evadir el tema pero, me fue imposible. Terminé confesándole mi preocupación por Claudia.

“Esta mañana me sentí incómodo con Claudia” le dije

“¿Acaso tu mujer sospecha algo?” me preguntó

“No mames, ella no es capaz de intuir nada, se trata de Claudia”

“¿Qué le pasa?”

“No sé cabrón, estaba extraña, un hombre la visitó… lo recibió en la puerta y… regresó llorando”

“¿Y? ¿Qué pedo con eso?”

“Pues no sé cabrón, me sentí mal”

“Estás olvidando las reglas del hombre inteligente”

“Tal vez” le respondí.

Roberto propuso un brindis y luego olvidé el asunto. Ya de noche, la llamé desde la casa. Mi mujer había salido con sus amigas. Solía hacerlo todos los días. Se la pasaba en cafecitos, juegos, cócteles. Por lo general llegaba tarde y se dormía de inmediato. Solo hacíamos el amor estando de viaje. Era como si tuviera que pagar un precio por ello. El teléfono de Claudia sonó hasta que se escuchó el mensaje de la grabadora. No quise decir palabra y colgué. Me dormí sin esperar a mi mujer.

A la mañana siguiente desperté y mi mujer aún no llegaba. Por alguna razón me valía madres lo que hiciera de su vida. Ya estaba acostumbrado a despertar y hacerme yo solo el café, coger una fruta y marcharme a la oficina donde Lulú, mi secretaria me esperaba con el desayuno. Cuando llegué a la oficina no fue distinto. Lulú me esperaba con unos chilaquiles. Mientras desayunaba entró Lulú a mi oficina. Traía un sobre en manos. Por lo general no tolero que se me interrumpa en el desayuno, de no ser que se trate de una emergencia. Pues ahí estaba Lulú, con un rostro inexplicable tendiendo ese sobre en mi escritorio “Lo trajo un niño, dijo que era muy urgente, que usted entendería”.

Abrí el sobre como pude, pues mis manos estaban llenas de salsa. Era una carta de Claudia <<Cuando leas esto probablemente ya no exista más. Gracias por todo lo que me diste. Claudia Román>>. En la carta no mencionaba un motivo para matarse. Mi primera reacción fue pensar en que realmente no quería hacerlo. Según las estadísticas quien quiere matarse simplemente lo hace y ya, no anda dando avisos. No obstante, cabía la posibilidad de que Claudia quisiera hacerse daño.

Un hombre inteligente sabe que no deberá dejar morir a su amante si no tiene una nueva. Dejé a la mitad mi sagrado desayuno y fui a su casa. A Claudia la conocí en un bar cercano a la oficina. Ciertas veces solíamos ir allá un grupo de amigos. A su vez, Claudia iba con amigas, las del club de divorciadas. Sin embargo, Claudia no era divorciada sino simplemente sola. No había querido casarse y prefería establecer relaciones ocasionales que le permitieran ser independiente. Eso se terminó cuando me conoció a mí. Comenzamos a salir y a divertirnos juntos y acordamos cierta exclusividad. Nada sentimental, exclusividad sexual. Vivía a unas cuantas cuadras del bar y de mi oficina. Caminé hasta ahí lo más rápido que pude. Saqué el juego de llaves que me había dado, abrí la puerta exterior, subí los tres pisos, llegué a su puerta y al abrir la encontré tirada en la alfombra de la sala.

Tomé el teléfono y di aviso a los servicios médicos. Cerca de ahí había un frasco de antidepresivos, cosa que informé a los paramédicos. La ambulancia llegó transcurridos quince minutos. Durante ese tiempo le sostuve la mano y estuve atento a su pulso. La trasladaron a una clínica donde la estabilizaron. Fue purgada, le instalaron suero y una dieta ligera. Todo ese día no me paré más en la oficina. Llamé a mi mujer para avisarle que no iría a dormir, pretextando la enfermedad de un socio. Acompañé a Claudia durante la noche, debía quedarse en observación para darla de alta por la mañana. No pude pegar el ojo. La silla era incómoda, hacía calor y además Claudia parecía tener pesadillas. En la madrugada habló dormida, decía cosas como “detente, no lo hagas… por favor”. También mencionó un nombre al menos cinco veces, Eugenio Arriaga.

Por la mañana, cuando Claudia despertó, le dieron un desayuno y le informaron que podía salir en una hora. Una vez afuera pedimos un taxi para ir a su casa.

–¿Quién es Eugenio Arriaga? –le pregunté

–¿Cómo sabes tú de él?

–No paraste de decir su nombre toda la noche –le respondí –lo decías en medio de una pesadilla.

Claudia guardó silencio el resto del camino. Nuevamente se veía perturbada. Un hombre inteligente no debe ahondar en las pesadillas de su amante, ni en los nombres que en ella se pronuncien, pero ¿quién demonios es el tal Eugenio Arriaga que tanto miedo le provocaba? ¿Qué clase de daño le hizo para que de pronto lo sueñe así?

Al llegar a su domicilio lo primero que vi fue al hombre que dos días antes irrumpió en su puerta. Estaba de pie en la banqueta, como haciendo guardia. Llevaba un ramo de flores. Era mucho más viejo de lo que creí ver la vez anterior. Sus manos temblaban y se movía con dificultad. Lucia enfermo, con grandes ojeras. La piel del rostro le colgaba y los ojos se hundían en las cuencas.

Claudia se sobresaltó y se aferró a mi brazo.

–¿Te está haciendo daño ese hombre? –le pregunté mientras señalaba al anciano. Al decir esto, sabía que estaba traicionado las reglas del hombre inteligente, pero no había marcha atrás. Claudia se descompuso y comenzó a temblar y llorar y se agarraba de mi brazo como si sintiera fobia o asco por aquel anciano. El hombre no dejaba de verla y conforme nos acercamos a la puerta él también se acercó hasta allí. Saqué mis llaves y abrí el portón. El hombre amenazó con entrar. Claudia ya estaba adentro y me interpuse en el camino del anciano. Un hombre inteligente no debe golpear a un anciano, así que sólo puse mi cuerpo como escudo. El forcejeo no podía ir más allá. De habérmelo propuesto hubiera tumbado al viejo con mi aliento. De pronto, Claudia intervino “déjalo entrar”.

Subió apresuradamente las escaleras, yo le seguía y enseguida de mí venía el anciano subiendo con dificultad. Cuando llegué a su piso no encontré a Claudia. Me quedé de pie en la sala y luego entró el anciano. Escuché ruidos en una habitación que Claudia usaba para guardar tiliches. El anciano la llamaba y le suplicaba que saliera. Yo me sentía como un pendejo, como algo que bajo ninguna circunstancia debe ser un hombre inteligente.

Al poco tiempo salió Claudia. Se veía diferente, era totalmente otra mujer. No era la mujer convaleciente que desea reposar después de intentar suicidarse, sino un animal de mirada perdida.

“Ese hombre es Eugenio Arriaga” me dijo.

“Perdóname hija, te lo suplico”.

Yo no entendía nada. Claudia usaba como apellido Román y no Arriaga.

“¡Vete al infierno! cerdo violador” le gritó ella.

Una mala película pasó por mi mente, una en blanco y negro, una de la que no tenía mayor referencia que los noticiarios y las malas lenguas, una que también  reflejaba la vida que había llevando durante los últimos dos años.

“Eso pasó hace muchos años Claudia” le decía el hombre.

“¿Y crees que para mí ha sido fácil? ¿Crees que ha sido sencillo vivir en este cuerpo todos estos años? ¿Crees que es muy grato soñar y que en mi sueño estés tú?”

“Claudia te lo suplico, perdóname, me estoy muriendo”

“¡Pues yo estoy muerta, muerta! Escúchalo bien ¡muerta! Desde entonces”

Dicho esto comenzó a llorar y a romper cosas de la casa. Su padre seguía inmóvil con el ramo de flores en la mano yo como todo un imbécil. Lo que siguió ocurrió en segundos, Claudia sacó de su ropa una pistola de bajo calibre, le apuntó y detonó en dos ocasiones el arma. El anciano se desplomó de inmediato. Claudia se acercó a él, estaba de pie mirándolo al rostro y le dijo “te perdono”.

En ese momento recordé que un hombre inteligente debe abandonar de inmediato la escena en la que su amante mata a su padre violador, olvidarla para siempre y buscar otra que preferentemente esté cuerda.

 

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Domingo

octubre 24, 2010 4 comentarios

Sería fácil suponer que por ser domingo Joel despertaría tarde, acudiría a la cocina para tomar una pera, la mordería sin darse cuenta que adentro de ella un pequeño gusano ha comenzado a digerirla desde hace días y que al masticarla algo en su lengua no está bien y sabe peor. Ignorando que se trata de un gusano, Joel mastica más lento, la pera está hecha puré y se le pega en el paladar, la cáscara se le atora en los dientes. Debe ir al baño.

Para llegar ahí tiene que sortear muchos obstáculos. Luego de una semana de abandono, su casa es un desorden. Camina entre ropa que ha tirado por aquí y por allá. Sus pies desnudos se llenan de polvo, observa su talón y está negro, debe barrer y trapear. Pero antes quiere ir al baño, abrir la boca y verter su contenido en el bote de basura. Pasa por el comedor y observa seis tazas que ha ido dejando una por día. Hay bolsas de plástico de diferentes cosas, de hamburguesas, de lonches, de papas. Evita mirar y piensa “Es domingo, pura madre que hago algo”.

Así que continúa caminando y mientras más obstáculos salen a su paso, encuentra más claro que no hará nada. Aprendió que el domingo era sagrado, que no había mejor día para descansar que ése. Dejará todo seguiría igual. Llega al baño, se sitúa frente al espejo y abre la boca. Entre los olvidos de la semana, del mes y del año, está una pequeña fuga de agua del lavabo. Un hilo de agua desciende hasta el piso, al pisar con sus pies sucios el agua deja unas horribles manchas. Con la boca abierta y con sumo cuidado comienza a inspeccionar la pasta putrefacta en su boca. Se pone en diferentes ángulos para poder observar la oscura cavidad desde distintos lados. Se agacha, se inclina, se ladea. Sus dedos son importantes auxiliares en esta tarea. Las uñas largas remueven la mezcla para uno y otro lado. Saca su dedo índice con restos de pera y baba y lo analiza frente al espejo “¿qué chingados sabe tan mal?”.

No puede evitar que en el ejercicio de exploración algunos grumos de pera se deslicen por su garganta. Siente cómo baja por su garganta ese sabor amargo, involuntario, asqueroso. Es ahí cuando en plena inspección se da cuenta de la presencia del gusanito. Una cabeza roja y un cuerpo color crema despuntan de entre la mezcla de pera con saliva. Es tal el impacto que produce el insecto en Joel que hace un movimiento brusco que lo hace caer de espaldas. Se resbala, su cráneo golpea contra el inodoro, la pasta sale expulsada de su boca tras el brutal golpe. Joel rebota directo con el piso de la regadera donde vuelve a golpearse con el filo de la tina y queda inmóvil.

No da señales de vida, el gusano cae encima de su anhelada comida sobre el pecho de Joel, si pudiera pensar sin duda diría que es fácil suponer que por ser domingo él debe hacer lo que le corresponde, para eso es gusano. Así que sigue alimentándose hasta que pasados los días logra comer una parte importante del botín. Pero ya no está solo, han nacido más como él y también tienen hambre.

El cuerpo de Joel ha reventado y las moscas inundan el lugar. Por lo general las moscas suelen presentar una competencia desleal. Llegan por cientos e incuban sus huevecillos en la carne podrida de Joel. Más rápido que pronto cientos más nacen, bien alimentadas por los fluidos corporales de Joel. Joel es ahora una masa deforme. Tiene diversas aberturas en el cuerpo. Sus órganos están expuestos, y expele vapores cuyo humor haría imposible respirar junto a él. A los insectos le vale madre.

El gusano quiere salir de ahí pero debe enfrentar muchos retos. El primero es abandonar a salvo el cuerpo de Joel. Una larga columna de hormigas ha ido acercándose y rodea el cuerpo. Algunas han comenzado a trepar por los pies. Parece que buscan a las larvas de mosca. El gusano se da cuenta y decide marcharse bajando por el cuello. Cuando comienza a hacerlo se percata que debajo de la cabeza de Joel hay un lago de sangre. Para su fortuna la sangre ya está seca, pero hay algunas zonas donde no ha coagulado. Deberá tomar en cuenta eso a la hora del escape.

El gusano quiere regresar a la cocina. Ha crecido, ahora es un gusano adolescente. De la cocine le llega un olor irresistible. Como se sabe gusano, sabe lo que su gusanitud le ordena hacer y emprende la huida. También porque no desea convertirse en alimento para hormigas. Baja con mucha dificultad por el cuello, es una zona que carece de cosas para sujetarse, tiene vellos pero son demasiado pequeños, en esa parte los poros de la piel no ayudan mucho.

El gusano observa la prolongada pendiente que debe descender. Observa también que la forma cilíndrica del cuello hará inevitable la caída, pero se atiene a que la sangre seca amortiguará el golpe. Comienza a deslizarse tras sus treinta patas y llegado el momento se deja caer. La caída es buena salvo por el hecho que quedó de espaldas, pero él es un maestro contorsionista y de un movimiento logra posicionarse de forma correcta.

Inicia el largo y extenuante camino a la cocina. Con sus minúsculos ojos logra ver a través de la puerta el lugar de donde proviene ese aroma tan suculento, a fruta en descomposición. También observa las engorrosas hormigas deambular, rastreando con sus antenitas algo para devorar. Opta por caminar lo más lejos posible de ellas, va rodeando la zona de peligro, el inodoro, un bote de cloro, una escobeta para limpiar el baño, un estropajo, un rastrillo con las navajas enmohecidas.

Del otro lado del cuerpo, la fuga de agua es contenida por las piernas de Joel formando un peligroso dique de agua. De no ser por eso la huída sería imposible. Esto no significa que la situación deje de ser extremadamente peligrosa, el nivel de riesgo está latente por todos lados. Después de veinticuatro horas de extenuante caminata el gusano logra llegar a la cocina, pero debe enfrentar una última dificultad, el aroma de la fruta proviene del pretil y éste está a mucha altura.

El gusano levanta medio cuerpo, quince patas arriba y quince abajo, trata de explorar la mejor vía para llegar a su destino. Elije la pared frontal ya que el diseño de la cocina tiene relieves que le permitirán un ascenso seguro. Sin saberlo el gusano ha definido su gusto por las cocinas integrales y está sumamente agradecido con el diseñador de la cocina de Joel.

El ascenso le toma al menos una hora. Cuando está arriba voltea para atrás, puede ver como las moscas está en franca lucha contra las hormigas, sabe que el olor que emite el cuerpo es la señal de alarma de las bacterias, se están alimentado y segregan ese extraño perfume. Prosigue su camino y trepa el platón donde el resto de peras lo esperan.

Cuando logra trepar se da cuenta que hay otros como él y que le llevan una gran ventaja. El hambre lo fastidia, está terriblemente cansando pero vale la pena dar el último estirón para ganarse la pera de cada día. Cuando finalmente encuentra una esquina más o menos solitaria de la pera, se acomoda y comienza a morder la cáscara.

La pera no ofrece mucha resistencia, está aguada pero su sabor es aún mejor. Come y come y come y come hasta que de pronto escucha un ruido insoportable. De inmediato alza la vista y ve como entran a la casa muchos hombres. Conforme estos hombres extraños van invadiendo el espacio, se van apoderando de diferentes puntos de la casa. Unos van a la recámara, otros revisan la sala. El gusano escucha cosas que no comprende y decide regresar a lo suyo.

En un momento dado observa a unos hombres sacar el cuerpo de Joel y piensa “pobres moscas, se quedarán sin alimento”.  Las hormigas que estaban en la zona de seguridad del baño rápidamente son absorbidas por la inundación. La mayoría logra sobrevivir ya que al dispersarse el agua se expande evitando crear peligrosos estanques para ellas. Además de que suelen ser buenas nadadoras por periodos cortos.

Las moscas se ven confundidas, vuelan sobre el baño sin saber que hacer, algunas persiguen el cadáver, se paran en las manos y en los rostros de los agresores que se han roban su bufete. Ellos las espantan con manotazos pero ignoran el potencial de las moscas. Más de alguna logra colarse en la camioneta del servicio médico forense.

La casa vuelve a quedarse vacía. Las peras se han terminado y por el momento los gusanos están servidos. Algunos se quedan en el platón, otros más comienzan a hacer minuciosas investigaciones. Otros han ido a explorar otras latitudes haciendo importantes descubrimientos: el bote de basura. El rumor no tardará en correr, ahí hay cáscara de plátano y dos o tres centros de manzana.

Comienza la inmigración hacia el bote de basura, van lento, no tienen prisa, apenas un día más y estarán ahí. El gusano se atrasó, está cansado y además muy lleno, se queda en el pretil para recuperar fuerzas, ha tenido unos días muy agitados y no quiere excederse, se sabe gusano y hace lo que debe, pero ignora que las cucarachas tienen el control del bote y que en este momento sus compañeros están siendo masacrados, además es domingo, y por extraño que parezca es un día de guardar para los gusanos.

 

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Debbie

octubre 20, 2010 7 comentarios

Debbie está en la cama. Su cuerpo ocupa una gran parte del colchón. El cabello suelto forma un abanico que se despliega sobre la almohada. Un aire infinitesimal mece sus puntas. Duerme y su ropa deja al descubierto el monte de Venus poblado de vellos. Un poco más arriba, sus senos parecen descorrerse del pecho. Bajo sus párpados se dejan ver vertiginosos movimientos oculares en un ir y venir inexplicable. En la habitación hay una esencia novedosa, un olor total que me sumerge en la noche de los recuerdos.

Nunca antes había descrito a una mujer así, como a Debbie, ni cuando escribí poesía. Ni siquiera a mi madre, a quien tanto amé la puse a la altura de esta peculiar musa. Estoy leyendo el periódico. La observo en lapsos breves y regreso a mi lectura. A decir verdad, la encuentro irreconocible. Me siento ligeramente cansado. El cuerpo me pesa como si fuera una bola de plomo. De hecho no me he repuesto de la faena de ayer.

Hace una mañana linda, a juzgar por los débiles rayos de luz que iluminan la recámara. Debbie o como quiera que se llame me recuerda a mi madre. La conocí anteayer cuando iba por la carretera. Todos los atardeceres conduzco hacia un claro del bosque. Estoy acostumbrado a transitar esta ruta en soledad y silencio, sólo con la compañía de mis recuerdos. Cuando me interno al bosque, suelo recostarme sobre una lomita hasta que anochece. Toda vez que las estrellas asoman sus flácidas patitas inicio un diálogo con el universo. Me adentro en la tersa negrura del espacio hasta desaparecerlo todo, hasta hacer de mí una cosa sin sustancia, sin referencia precisa, una nada tendida bajo el cielo a la espera de la señal precisa.

A mi madre le gustaba el nombre de Debbie y cuando niña lo eligió para su muñeca favorita. Luego nombró así a una gatita peluda que le regaló su madrina Luz. Hasta el día de hoy, esa parte de mi vida persiste en mi memoria.

Como dije, anteayer conducía hasta mi refugio entre los pinos. Iba conduciendo por un tramo particularmente oscuro cuando la vi. Era una mancha de luz en la negrura, iluminada por los faros de mi troca. Al principio me pareció una figura bestial arrastrándose en la vera del asfalto. Conforme me aproximé fui bajando la velocidad y vi que se trataba de una chica.

Detuve la camioneta a su lado para preguntarle:

—¿Estás bien muchacha?

Su voz de ceniza contestó “no” y sin pedirme permiso se subió a la camioneta.

—¿Qué te pasa? —le pregunté

—Nada señor, nada

—¿Cómo que nada, si te ves triste? –no despegaba las manos del pecho, lucía desarreglada y como si hubiera estado llorando por un buen rato.

—Nada que pueda interesarle señor, cosas de chicas –me dijo y comenzó a tranquilizarse

—¿Y por qué subiste a mi troca?

—Porque usted me dio confianza

Confianza, una palabra rara en mis oídos, lejana en mi vida. Un silencio nos invadió hasta que su llanto regresó como una lluvia de cristales. Me interné en el bosque y ella no decía nada. Se dedicaba a mirar hacia fuera y a secarse las lágrimas. Al llegar al claro en el bosque donde noche a noche busco la paz detuve la marcha.

Le dije:

–Ven, acompáñame, esto va a gustarte.

Bajó de la camioneta y siguió mis pasos. La luna iluminaba perfectamente el lugar. Podían verse los ocho montículos sobre los que solía recostarme. Nos echamos sobre el pastizal y dejó de llorar. Una nata de estrellas nos cubría, una que para mí tenía un significado especial, un valor como ninguno.

No había motivo para romanticismos entre nosotros, pero sin más preámbulo que una mirada la chica comenzó a besarme. Me sentí ligeramente incómodo, algo me inhibía, me hacía retroceder a medida que ella metía su lengua en mi boca. Sentí un pudor, un miedo. Además, su boca era un musgo arrollador y su lengua desprendía un calor de alcantarilla que para mí era una invitación a no besarla nuevamente.

—¿Ya te sientes mejor, muchacha? –le pregunté

—Sí, señor, gracias. ¿Cuál es su nombre?

—La gente del pueblo me llama Joe, Joe el solitario –emití una pequeña carcajada y ella también rió con mi comentario.

—Ha sido usted muy amable conmigo, estoy sorprendida

—Y lo que falta muchacha —Al decirle esto, la vista se me nubló, un temblor me recorrió la piel. Pude recuperarme casi de inmediato de esa sensación electrizante, de esa pausa, no sin antes advertir un vacío en mi interior y unas ganas de olvidarme de todo y dedicarme a vivir el instante.

La invité a mi cabaña, es acogedora, en ella todo tiene una razón de ser. La nostalgia o una cosa parecida se han adueñado de sus espacios y a veces luce triste. Las cosas de mi madre avivan su interior pero bajo su techo hay un vértigo que me cala. Estando ahí no puedo dejar de caer, de hundirme, pero estando afuera no encuentro el piso y debo hacer un esfuerzo para no volar a las estrellas.

En el camino, le comenté Debie que las infusiones de mi madre eran únicas. Con la promesa de terminar de tranquilizarse bebiendo un té, accedió a ir conmigo. Entonces subimos a la troca. La carretera estaba tan solitaria como siempre, pero tuve la atención de mirar por los espejos por si algún vehículo se aproximaba. Encendí la radio en una estación de música romántica. Era la que mi madre escuchaba. En un momento dado, mientras cambiaba de velocidad rocé sus muslos con mi puño. Fue un movimiento involuntario que poco a poco se transformó en voluntario. Una sensación añeja y primitiva me inundó. Mis dedos se cargaron se una energía extraordinario. Algo que en la soledad de las noches se presentaba sin nombre, como un aullido provenido de algún remoto lugar de mi instinto, tomaba ahora la forma de mis nudillos. Ella me miró con pasión o mis ojos creyeron ver en los suyos un fuego, un calor, una invitación. Íbamos por la carretera como en un escenario dispuesto a servir de telón para algo más que un traslado. Moderé la marcha para evitar llegar pronto a la cabaña. Nos volvimos a mirar y busqué de nueva cuenta sus piernas. Ahí estaban, bajo una falda ligeramente alzada. Dejaban ver unos vellos rubios que se hacían notar más con la luz de la luna. De pronto mordió uno de sus labios y bajó la mirada como si buscara mi bragueta. Juré que se trataba de una señal para que le metiera la mano. Noté que estaba sonrojada y me excité, pero segundos después puso su mano sobre la radio y sintonizó una estación de música country. Abandoné la empresa para entonar una canción campestre.

Pensar que ahora duerme como una flama vencida en mi cama y que esta mañana no es más que un huracán degradado a tormenta tropical.

Dejo el periódico en la silla y voy a la cocina por un jugo de naranja. Siempre suelo tener una jarra lista para saciarme. Mi madre solía tenerme una jarra cada mañana. La naranja es un gran afrodisíaco, su sabor dulce crispa mis sentidos y cientos de veces, cuando en la soledad me inunda la nostalgia, me he visto orillado a saciar con mis manos mis necesidades sexuales. Mi baño es un museo del semen.

Al regresar a la habitación sigo observándola. Ya casi son las ocho y no despierta. Ayer gritó como loca. Pensé que se desmayaría, al menos esa sería la conducta normal en un ser vivo después de ser tan dulcemente agobiado. Sin embargo no fue así, gritaba y gritaba evitando desfallecer, viviendo al máximo una experiencia extrema. De esa forma se arriesgaba a recibir otra dosis de adrenalina casera. Yo le dije en el tono más amoroso que pude: “Mira Debbie, a veces es inútil gritar, te gusta o te duela lo que te hagan, de ahí no pasará, del muro, del techo, de la garganta”. No me creyó y seguramente despertará afónica.

Esa noche, cuando llegamos a la cabaña, me preguntó “¿Dónde está tu madre Joe?” No pude evitar sentir perturbado mi corazón “Está muerta” le dije. Pero eso no significaba nada, vivir, morir. Al menos, no significaba nada como para recibir un abrazo tan cálido y prolongado como el que me dio.

Estábamos en la cocina. Ella inspeccionaba todo. Saqué el costal de hierbas y comencé a mezclarlas. Le preparé un té especial, mi madre lo bautizó como el implacable. Solía dármelo cuando me notaba alterado.

—Con esto vas a olvidar todo —le dije

Puse la taza a la altura de su barbilla y comenzó a ingerirlo con rapidez y gusto.

—Está dulce y tiene un sedimento particular, me recuerda a un té que me preparaban en el internado —comentó mientras se limpiaba los labios con una servilleta.

A los veinte minutos comenzó el efecto. Caía en somnolencia, la vida se le agazapaba detrás del sueño. Cabeceaba con inocencia, como preguntándole al viento qué es lo que le pasaba. Me costó trabajo levantarla de la silla para arrastrarla hasta el sótano. Quitarle la ropa fue un acto crucial que me exigió raer su falda y bragas. Entonces comencé a violarla mientras pensaba en mi madre. Sus manos, su piel tostada, sus ojos transparentes y su cabello siempre suelto. Recordé lo buena que era conmigo, la forma en que me cuidaba de las maldades del mundo, la manera en que me daba la sopa cuidando siempre de no ensuciarme, las veces que se quedaba conmigo en la cama y me acariciaba todo para purificar mi energía.

Cuando Debbie despertó y se vio atada a una silla comenzó a llorar y gritar desesperadamente. Preguntaba cosas incomprensibles. Descubrió que estaba desnuda de la cintura para abajo y los ojos se le salían, húmedos y aterrados.

Me arrepentí de no haberle puesto una mascada en la boca, pues sus cuestionamientos me incomodaban, eran abundantes y ligeramente histéricos. Además, el tono de su voz se había vuelto insoportable, como el de una víctima.

Finalmente le tapé la boca con un trozo de estopa que me encontré tirado, creo que lo usé para tapar un contenedor de petróleo. Comencé a abofetearla. La sensación de mi mano rebotando en sus mejillas era deliciosa, se le ponían tan rojas como una manzana. Lo hacía porque siempre tuve la duda de si realmente se escuchaba ese chasquido como en las novelas que veía mamá, cuando las mujeres abofeteaban a los hombres. Pude descubrir que había importantes variantes, ya que los sonidos emergidos de los cachetes de Debbie tendían a ser secos, a diferencia del estruendo de aquellos que escuchaba en la televisión. Lo cierto es que los zapes en la frente eran lo mejor, producían una nota interesante, no como el de un látigo en la epidermis. Cuando veía venir mi mano cerraba los ojos y temblaba, su cabello rebotaba, su cabeza era una medusa.

Ya era tarde y me fui a dormir. Hasta mi cama llegaban sus gemidos. Comencé a rezar por mi madre. Intenté hablarle, pero sólo bajo las estrellas se comunica conmigo.

A la mañana siguiente bajé a ver a Debbie. Un rayito de luz la iluminaba. Estaba totalmente dormida. Yo no haría eso en una casa ajena. Es de malos modales seguir dormido cuando el anfitrión ya está en pie, al menos eso me enseñó mi madre.

Me quedé unos minutos contemplándola. Se desparramaba de la silla. Sus muslos eran tan grandes como dos manatíes. Parecía un helado triple de esos que me compraba mamá. Babeaba como una idiota y en ese momento dejó de simpatizarme. Fui por un balde con agua helada y se lo eché al cuerpo. Le reclamé su impertinencia. ¿Cómo era posible que durmiera mientras yo ya estaba despierto? Después fui por mis navajas de afeitar. Ella me miraba y gemía. Jugué con la navaja frente a sus ojos.

—¿Qué crees que voy a hacer? –le decía mientras le pasaba por los ojos las navajas.

Como no me respondió pateé su vientre ¡No soporto la indolencia! Afilé la cuchilla lo más que pude y la pasé por su piel. Mi intención no era cortarla, sino simplemente ver su reacción frente a una cuchilla ávida de sangre. Malamente su reacción era compulsiva y de esa forma, se producía heridas que poco a poco pigmentaron de rojo su piel.

—Con tanta grasa va a estar cabrón que te desangres, ¿no crees?

Seguía sin decir nada. Grosera, pensé. Seguí jugando con la navaja hasta que comencé a excitarme de nueva cuenta. Le abrí con mucha dificultad las piernas y la penetré con violencia. Entraba y salía de ella mientras bufaba —pensé en el tren de vapor que nunca me regalaron, mamá ni el tío Saúl, que se quedaba por las noches en el cuarto de mamá para cuidarnos, aunque por lo general me maltrataba—. Sudé tanto que me invadió un asco repentino. La nausea que proviene de uno mismo, pensé. Tuve que castigarla por ello. Le pegué con la hebilla de mi cinturón. Fue difícil hacerlo, el castigo fue duro, pero tenía que corregir esa desviación.

Ya era tarde y me sentí cansado, no había comido y fui por un bocadillo a la cocina. Encendí el televisor para ver los juegos vespertinos. Me quedé súbitamente dormido. Al despertar fui a darme una ducha, el olor de mi sudor era insoportable. Después regresé con ella. La noté despreocupada, no se exaltó al verme. Incluso comencé a inquietarme cuando vi en sus ojos señales de odio. La gente no debe odiar, eso es malo, por lo menos eso decía mi madre y lo confirmo. Le advertí que si no cambiaba su gesto me vería en la necesidad de corregir esa grave desviación. Escuché un gruñido que interpreté como una negativa a modificar su actitud y tuve que sentarme a pensar el castigo.

Fue ahí cuando descubrí la vieja lámpara fundida. Arranqué el cable y le saqué punta a fin de que los hilos de cobre quedaran desnudos, enchufé la clavija en la toma de corriente, mojé a la gordita y comencé a darle de toques. Le apliqué un largo correctivo hasta que desfallecimos. Gritó y gritó, su resistencia me tenía obnubilado. Después decidí liberarla de la silla y con mucho, mucho esfuerzo, la subí a la habitación.

Era tan pesada que estaba tentado a matarla. Nadie con ese peso merece vivir y mucho menos hacer sufrir al otro. A mí me estaba produciendo sufrimientos infinitos. Era hora de dormir.

Esta mañana me desperté primero que ella. Salí a comprar el periódico, como ya lo he dicho, y me puse a observarla. Me he tomado un jugo de naranja que por lo general despierta mi libidinosidad. He regresado a mi habitación un tanto excitado.

No sé que hacer, van a ser las nueve y no despierta. Algunos hombres suelen dicen en los bares que hay mujeres a las que se las han metido por todas partes. Debbie abre los ojos. ¿Cómo será una penetración por el ojo? ¿Sexo clarividente? Decido averiguarlo y me saco la verga. Me la pongo tan dura como una rodilla. Voy hacia ella, está esposada a la cabecera. Apunto mi pene a su ojo izquierdo. Ella lo cierra, pego mi glande a su párpado y se desmaya. Minutos después, Debbie es tuerta.

Limpio su rostro y veo mi pene, la sangre me desagrada. Me recuesto a su lado para abrazarla tiernamente, el sueño me vence. Tengo la impresión de que ha tenido una vida terrible, merece amor y atención. Creo que he sido un poco injusto y deseo recompensarla. ¡Para eso está el futuro! Esa cosa tan breve. Sueño con Debbie. Mi madre siempre quiso para mí una mujercita de generosas carnes. Aunque creo que con ésta también se equivocó.

En mi sueño Debbie vuelve a aparecer en la carretera, pero tiene el rostro de mi madre, luego cambia al de otra mujer, luego a otra hasta parecer irreconocible. Cuando me detengo en la camioneta veo que su caro no tiene forma, sube y no dice palabras. Entonces me bajo del vehículo y me voy caminando hasta el claro del bosque.

Pese a todo, he decidido que Debbie estará conmigo el resto de su vida, aunque tal cosa no pase quizá de dos o tres días. Algo es algo. Al despertar de mi sueño, me doy una ducha y salgo a la carretera. Ya casi anochece, debo agradecerle a mi madre la llegada de esta nueva chica y de paso elegir el lugar donde la enterraré junto a las otras Debbies. La luna ilumina los ocho montículos de sus hermanas, la escena es tan dulce que no sé qué pasará cuando me falte Debbie.

 

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Benjamín Alves

octubre 16, 2010 3 comentarios

No me sorprende estar aquí rasgándome los dedos sobre el muro salitroso. La sorpresa es descubrir que tengo la mirada en un punto fijo y que pese a ello, no veo nada. Me he acostumbrado a este murmullo de siseos ocasionales, de puertas que se cierran con fuerza, a veces, de voces exaltadas que se apagan repentinamente. Le doy la espalda al muro y este acto tan sencillo me sorprende. Mi mirada sigue igual, sin ver o mejor dicho viendo todo como si se tratara de algo espectral. Entonces me doy cuenta de que algo comienza a interrogarme. La duda es: ¿Soy yo el que está aquí o se trata de Benjamín Alves?

Elevo mis manos ¿Cuántas cosas han tocado, cuantos golpes han dado, cuantas palabras han escrito, cuantas veces temblaron, cuántas retrocedieron, qué cuerpos tocaron? Me toco el rostro y siento su resequedad, su porosidad, el letargo en el que está. Debo decir que no sé quien soy, para saber si lo que fui ya pasó o está pasando. En cualquier caso preferiría no saber nada, sólo frases que signifiquen el fin de la palabra, como: sí señor, no señor, a sus órdenes.

El tiempo tiene un zumbido. Al menos así se siente aquí. Regreso al muro salitroso para ver nuevamente mis manos. En las yemas tengo llagas. He querido escribir una historia con las uñas pero el muro salitroso se resiste. Mis manos escriben una caligrafía del dolor, el propio y el ajeno, el que conozco y el que desconozco, el que se inscribe a la distancia y el que se suscribe en la cotidianidad. Pero nada de esto explica qué soy ni cuándo me perdí.

Hace tiempo que no veo mi rostro. Me niego a delinearlo o mejor dicho a precisarlo. Prefiero imaginar, traerlo de donde esté y ponerlo bajo los párpados. Así a ojos cerrados vuelvo a ser el que fui, alguien con esperanzas, con sueños, uno que podía caminar por la calle entre los otros sin bajar la mirada, sin buscar extraviarse entre la multitud. Ahora sólo puedo reconocerlo desde los dedos, desde mis yemas con sus llagas de historias silenciadas. Tampoco me acostumbro a mirar a nadie. Mucho menos a los ojos. Siento una culpa repentina, como si estuviera frente a un muerto. En general, los rostros representan en mi vida la imagen del olvido. Las personas con las que trato carecen de nombre, tienen nomenclaturas, insignias, edictos, son casos cerrados o abiertos. El rostro es la puerta del engaño y el gesto de la argucia ¿hace cuanto dejé de sonreír? Lo ignoro y río, sí porque en la risa he encontrado un camuflaje contra la mueca de la muerte.

Ahora observo al hombre que no ha dejado de mirarme. Me mira y lo miro y encuentro incómodo el hecho. Es como si tratáramos de minimizar la circunstancia, como si cada quien desde su lado y desde su silencio quisiera que el otro fuese una ficción, como si el cuerpo nos protegiera de las ávidas pupilas de un invasor, como si esta realidad llena de humedad y sombras nos protegiera y delimitara. El hombre que me mira hace anotaciones en una pequeña libreta. Yo no tengo esa ventaja, yo debo almacenar en algún lugar del corazón o de la rabia o de la memoria o del olvido, lo que veo y vivo.

Se aproxima y me pregunta:

–¿Es usted Benjamín Alves?

No me sorprende estar aquí rasgándome los dedos en un muro salitroso. Tengo mucho que decir y pocas palabras para hacerlo, de llegar a decir lo que me embarga, sentiría en mi garganta la verdad como un vidrio que al pasar desgarra todo.

He pensado mucho, lo que ha pasado aquí los últimos treinta años no es culpa mía. Dios es un cretino que nos hace velar por un enfermo miserable: el mundo. ¿Qué tenía que hacer, cómo podría librarme de este destino miserable? ¿Cómo? Todo en mi vida es un fui. Fui esto, aquello, con este con aquel, con aquella, con ellos. Siempre debo ser un fui. No sé quién soy, pero de algo estoy seguro, no soy malo. Cuando pude ayudar a alguien lo hice. Una vez asistí a una moribunda, murió en mis brazos esa vieja menesterosa y abandonada por el mundo. Entonces yo era joven y amaba a Maya. He hecho el bien, aún hoy hay quienes se me acercan para susurrarme “no es culpa tuya… no lo tomes tan a pecho… eres parte del sistema…” pero ellos no saben nada de mí, al menos no saben nada más de lo que yo sé.

–Yo no soy Benjamín Alves –le respondo al hombre

–¿Es usted el de la fotografía, aquí en el periódico? –me pregunta señalando una imagen en un diario viejo.

–¿Cómo saberlo? No me gustan los rostros, de hecho suelo olvidarlos con frecuencia –le respondo.

El estómago se me ha revuelto. Yo no soy ni fui Benjamín Alves ¿Por qué demonios tengo que ser? Desde pequeño especulé con ese asunto. No hubo lugar en donde no se hablara de ello, en la escuela, en la familia, con los amigos, en la televisión, en la radio, en misa. Aparentemente la fuerza del mundo me orillaba a ser, sin embargo mi corazón estaba vacío. Me sentía como un producto del azar, una masa arrojada violentamente al mundo. Quizá no tuve tiempo de saber quién era. Creo que de haberlo sabido muy joven habría sido demasiado pronto y ahora que soy viejo, demasiado tarde. Lo cierto es que hice un esfuerzo por encontrarme y lo único que hallé fue a un tránsfuga de mí mismo. ¿Quién soy yo? Al que no le sorprende arañar una pared como buscando un lienzo donde escribir una historia.

No me sorprende estar aquí, rasgando el salitre mientras voy dejando diminutas manchas de sangre en la pared. El hombre ha vuelto a mirarme y de algún modo me despierta simpatía. Su no decir nada es gozoso, su apariencia pétrea, su mirada de espiral. Llegó hace apenas unos días y desde entonces no había dicho palabra, se había limitado a observarme mientras rasguñaba el muro y yo me limité a olvidarlo.

Aquí los días no pasan aunque pasen. De pronto parecen acelerarse pero la atmósfera es la misma, la humedad, las sombras, un rayo de luz solar que entra sin rozar a nadie, como si fuese una parodia del sol. Aquí los días son como un tramo de vida no vivido, son las vidas que tomo y olvido para seguir en pie buscando el muro, son las máscaras que debo usar y quitarme sin saber cuál seguirá y cuál dejé, ni quién las usará después o si alguien llegará a usarlas. Las máscaras son mi verdadero nombre, no son bellas ni feas, ni buenas ni malas, son especiales, para días inéditos.

El hombre vuelve a acercarse. Se recarga en su lado del muro con desgana. Yo sigo rascando mi parte de muro, me siento como un insecto en una vitrina, pero también lo veo a él como un bicho raro. Este espacio es aterrador y puede confundir a cualquiera.

–¿Ya casi es hora? –me pregunta.

–Qué te importa –le respondo.

¿Qué es el tiempo mientras uno muere, el otro muere y todos morimos? Aquí o allá, el tiempo es lo que nos deja.

–¿Eres o no Benjamín Alves? –insiste en preguntar.

Sigue leyendo ese diario viejo.

–En esta fotografía se ve más joven, incluso más fuerte, realmente transmitía miedo, pero ahora que lo veo…

El hombre cae en un silencio súbito. Yo intento no escucharlo pero es inútil, las voces rebotan y se amplifican.

–¡No soy Benjamín Alves! – le grito al hombre que al escucharme abre los ojos.

¡No, no lo soy, no soy Benjamín Alves! Tengo unos dedos descarnados que no son míos, que le pertenecen al futuro. No soy nada y mis padres insistieron “debes ser algo, lo que sea pero algo, si se puede, el mejor”.

Entonces, quizá sea yo la ausencia. Estoy en una orilla, con la frente pegada al muro salitroso, la humedad y el calor son sofocantes, la sombra es terminal. El silencio embiste cada rincón, grita, enuncia, pero nosotros callamos, cada uno en su parte del muro. Me ha pasado tantas veces, verme aquí deseando estar en otro lado, saberme aquí y desconocerme, que ya nada me importa. El pasado, ser algo, los sueños, lo que fui, lo que no soy, no me sirve de nada. Ya debería estar acostumbrado.

Desde el fondo del pasillo, allá donde la luz solar entra sin rozar nada, escucho el rechinar de la puerta. Por ella avanza un hombrecillo uniformado. Trae consigo un juego de llaves, avanza lento pero mirando su reloj, se acerca a mí con ese aire de familiaridad que da a los días el matiz de la costumbre. Yo no quiero mirarlo más, agacho la cabeza, veo mis zapatos ¿hace cuanto no doy un paseo?

El hombrecillo se detiene y se lleva la mano a la barbilla, me dice:

–Ya es hora Benjamín –y respondo

–Sí señor, a sus órdenes.

Menea el juego de llaves y elige una, la mete por la cerradura y mirando al hombre del otro lado del muro le dice “es hora de pagar tus crímenes”.

Ríe, de hecho irónicamente, como quien triunfa. Yo sigo sin despegar los ojos de mis zapatos y en un movimiento ciego alzo la mano hasta tocar un anaquel, ahí está mi capucha, mis guantes. Me coloco la capucha negra y los guantes de cuero. Las heridas de mis dedos arden.

Caminamos los tres hacia la salida. Es un pasillo mal iluminado que conduce a la sala terminal. Adentro hay una silla con los implementos necesarios para electrocutar, nos separa un grueso vidrio de la sala de observación. Ahí se sientan familiares, personas de derechos humanos y burócratas de la justicia. Yo me pongo en mi lugar, y espero a que lean la sentencia.

El hombre que lee, pregunta al que va a ser ejecutado, cuáles son sus últimas palabras, pero no hay respuesta. Entonces me da la señal, volteo al público y veo a un sacerdote haciendo la señal de la cruz, persignándose. Bajo la palanca y la descarga de muerte se apodera del cuerpo del hombre y este comienza a convulsionarse. El público hace una exclamación de horror que se confunde con una de fascinación.

Entonces digo para mí: “misión cumplida”. Los ojos se me ponen llorosos, las manos me tiemblan, todos los nervios de mi cuerpo emiten señales que me cedan. Llega a mi mente el recuerdo del hombre ya sin vida y pienso “yo no soy Benjamín Alves, ése es un verdugo al que debo olvidar”.

 

 

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Hello world!

octubre 16, 2010 1 comentario

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