Las personas de agua

Homenaje a Juan Rulfo.

 

Nací en la montaña. Para ver el sol debo hasta llegar a un descanso donde no hay árboles. Para los adultos es fácil llegar: saltan troncos, trepan rocas o se montan sobre las mulas. Así cruzan arroyos y cañadas, siempre atentos, con el machete en la mano para descabezar una culebra, cortar la hierba o las ramas espinosas del agavanzo. Los ancianos me cuentan que nací una noche de lluvia, pero aquí llueve todo el tiempo. Será que llueve para recordar mi nacimiento o nací para ver llover. El caso es que es difícil mantenerse una seca.

Los árboles lloran. No sé si de alegría o de pena. Lloran. La tierra es como una sopa fría y densa que, si uno no se fija por donde pisa devora todo, comenzando por los pies. Una vez perdí el dije que el padre de mi madre talló sobre una piedra para fijar la posición que tenían las estrellas el día que nací. Dice mi madre que poco tiempo después, su padre murió. Quedó como una rama seca, dijo. El agua podrida de su cuerpo se le salió durante días por la cola hasta que se cansó de luchar. No hubo hierba capaz de curarlo.

El día que perdí el dije, estaba mirando una lagartija que intentaba comerse a un bicho. Estaba sobre unas plantas que me llegaban a la altura de la frente. La lagartija saltó para embestir al bicho muy cerca de mí. Yo sostenía el dije en mis manos y cuando me pasó cerca de la nariz di un gran salto y caí de espaldas al lodo. El dije se soltó. El sol se estaba ocultando. Me puse a buscar por todas partes. Ningún adulto pasaba con una antorcha para ayudarme.

Cuando la noche llegó regresé a nuestra choza. Ahí estaba mi madre, mi padre y mis ocho hermanos, acurrucados por el frío. Les dije lo que había pasado y me mandaron a dormir afuera donde, para variar, llovía. Desde aquel momento mi madre se alejó de mí. Los ancianos la apoyaban, decían que quien no cuida lo sagrado, no puede cuidar nada, ni ser cuidado por nadie.

Nuestra comunidad tiene pocas familias. A medio día de camino hay otra comunidad más grande. Me cuentan mis hermanos que las chozas están dispuestas en un gran círculo. Al centro del círculo, me cuentan, los hombres discuten y hacen justicia, pero también comercian, negocian y organizan la alimentación conjunta de nuestra aldea, la de ellos y otras dos más que son vecinas. A veces quisiera dejar de imaginar como es ese mundo de las aldeas vecinas. A las niñas no nos permiten ir más allá del claro donde rara vez aparece el sol. Siempre vamos en grupos y nos acompaña una anciana. Ahí jugamos y aprendemos.

Cerca del claro está el arroyo. Es flaquito como víbora, pero cristalino como el aire. Ahí, las mujeres hacen muchas cosas. Cada día parece crecer más la brecha que nos lleva de la aldea al arroyo donde las mujeres van a lavar la ropa, recogen agua y nos bañan. Odio ese lugar. El agua siempre está fría. Los niños más pequeños lloran y una vez, el río, así de flaquito y todo, se llevó un niño y le robó el aliento. Lo encontraron luego de dos puestas de sol, allá abajo, cerca de la aldea donde mi padre dice, me iré a vivir mañana.

Al niño lo enterramos todos. Los de nuestra aldea y los de las otras fueron llegando en grupos. Una vez, hace mucho tiempo conocí la muerte. Tenía un pollo. Le rogué a mi madre que me dejara cuidarlo. “Los animales son sagrados” me dijo. “Nos dan alimento”. Yo era tan pequeña como él. Apenas cabía en mis manos. Tenía el color del polen. Era un solecito que piaba y temblaba porque siempre estaba empapado. Entonces decidí ayudarlo. Lo metí entre dos petates y lo dejé ahí toda la noche. Al amanecer fui para ver si ya estaba seco y feliz. Metí la mano entre los petates y sentí sus plumas, que eran más pequeñas que las hojas de una albahaca. Lo sostuve en mis manos y no se movía. Entonces, pensé que de tanto sufrimiento el pollito dormía profundamente. Me acerqué al rincón donde duermo. Me gusta dormir en el rincón y no entre mis hermanos. Nos tendemos todos a lo largo de la choza para calentarnos. Puse al pollito en una orilla y salí de la choza. Regresé más tarde y el pollito seguía inmóvil. Ha de seguir muy cansado, pensé. Pasó la noche y al día siguiente todo estaba igual, salvo uno de mis hermanos que tosía y tosía saliva roja.  Volteé a ver al pollo y un montón de hormigas estaban sobre él. Cogí una rama seca para espantar a los bichos. Lo sacudí, nada. Me lo acerqué a la boca para hacerle un cariño con los labios, olía raro. Fui con mi madre y se lo di. “Tonta”. Me dijo, mientras me sujetaba del cabello y comenzaba a sacudirme de un lado a otro. “Está muerto, niña, lo mataste, ora comeremos menos”. Le contó lo sucedido a mi padre quien simplemente dijo “Lo bueno es que ya falta poco para entregarla”.

Mi padre ni me miraba. Era de los hombres fuertes de la comunidad. Siempre andaba con machete a todos lados. Cuando se acostaba, procuraba ponerse el machete entre las piernas. Nunca se cortó, pero eso sí, un día dejó sin una mano a uno de los hombres de otra aldea.

Cuenta mi hermano menor que, un día que se fueron a trabajar temprano, que estaba trepados en un árbol cogiendo frutas, este hombre se acercó y les sacó plática. Dice que ya que terminaron la labor se sentaron un rato sobre un tronco y conversaban. Decían cosas de la lluvia. Todo mundo, todo el tiempo habla aquí de la lluvia. El abuelo decía que éramos las personas del agua, que proveníamos de ahí, que esa era nuestra madre, nuestra fuente y que también tendría que ser nuestra desgracia. Decía “Uno debe pagar por lo que más tiene y el agua nos sobra”. Cuando ya se iban, dice mi hermano, el hombre intentó arrebatarle a mi padre la fruta que habían recolectado. “El extraño tenía una piedra en la mano, hermanita y que se la avienta a papá”. Entonces, dijo mi hermano, mi padre se hizo a un lado y en ese mismo movimiento desenfundó el machete y se abalanzó contra al extraño. “Un solo chingazado bastó” dijo mi hermano. “El extraño gritó y se echó al piso tomado de su muñeca, la colgaba la mano”.

Además de no mirarme, mi padre me habla poco. La única vez que me llamó para decirme algo distinto que seguir una orden, insultarme o decirme “quítate” fue hoy por la mañana. Me dijo “Mañana te largas a vivir con tu hombre”. No comprendía. Mi madre estaba sentada a su lado. Mis hermanos estaba fuera de la choza. “Te pondrás esto y tu madre va a arreglarte la cara”.

Era el vestido más hermoso que nunca antes había visto. Parecía una mariposa gigante y eso me hizo sentir momentáneamente bien. Siempre jugué con mariposas, catarinas, gusanos. Ahora me vestiría como una mariposa para volar a no sé dónde.

Mi madre dijo “Ya estás para casarte. En un año serás como yo, una madre”. Entonces entendí. Varias veces, a lo largo de las estaciones, la gente de las aldeas se reúne en una gran asamblea. No todos vamos, solo los ancianos y los adultos. Los adultos regresan con ganado y comida y misteriosamente desaparece una niña. Como aquella niña con la que jugaba en los días de sol a la que de pronto, no volví a ver y nadie sabía, o quería decirme dónde estaba.

Yo sería la próxima desaparición. Lo había entendido. Pero entenderlo no significaba quererlo, mucho menos aceptarlo. Mis padres se levantaron y me dejaron sentada adentro de la choza. Bajo ninguna circunstancia podía salir de ahí. Pensé en mi vida. En la tierra voraz. En la lluvia infinita. En mi pollito muerto. En las niñas desaparecidas. En el machete de mi padre. En la indiferencia de mi madre. En los escasos días de sol. En mi abuelo y mi dije perdido. Pensé que no quería pensar. Que solo quería salir de la choza e irme. En un momento me asomé y vi la oportunidad de huir. Salí corriendo y me metí al bosque. Tomé el camino al río. Somos personas del agua, somos personas del agua, me repetí todas las veces  que pude antes de saltar al río y dejarme llevar por él.

 

 

Categorías:Uncategorized

Siete días.

Una noche antes elegí mi ropa, lustré mis zapatos negros y los coloqué en la cómoda. Aquel traje, la camiseta y la corbata le habían gustado. Un día después regresé al almacén para comprar el kit completo.

Dos días antes afeité mi barba. A ella no le gusta que la use larga. La teñí para ocultar las canas y me saqué uno por uno los pelos de las orejas. Tres días antes fui a hacerme un chequeo general. Mi presión era estable, mis niveles de azúcar óptimos y mis reflejos y elasticidad estaban mejor que hace una semana. Cuatro días antes cancelé todos mis compromisos para ese día. Hablé durante dos horas con Mely, mi asistente y le di instrucciones muy claras de qué decir y a quién decírselo para justificar mi ausencia.

Cinco días antes, reservé una mesa en el restaurante que, según me enteré, era su favorito. Había que reservar en el área de la terraza para que ella pudiera fumar esos cigarros franceses rubios que tanto le gustan. Solicité que nos prepararan un menú especial, cosa que solamente ocurre en el restaurante Prestige y que también solamente ahí cuesta lo que cuesta. Seis días antes reservé la suite presidencial del hotel más lujoso de la ciudad. la primera vez que hablé con ella me dijo que  “si pretendes que sea tuya tienen que ser ahí y no en otro lugar”.

Sus amigas, o mejor dicho, socias de banqueta presumían de hombres misteriosos y adinerados que solían llevarlas a exclusivos hoteles para hacerles lo mismos que cualquier albañil haría en un callejón oscuro. Lorena merecía eso y más. Era un puta deliciosa, una gran puta espigada y fresca; era una gran hija de puta, puta y suculenta, cuyas mamadas había cobrado fama entre los banqueros, es decir, entre mis colegas.

A Lorena no le importaba ser callejera. Prefería la libertad y el aire de una banqueta al lúgubre ambiente de un local, tristemente decorado y peor aún, ventilado de manera artificial. Tenía veinticinco años, pero quizá su vagina ya había llegado a los cincuenta.

Reunía el prototipo de feminidad que todo buen hombre atesora poseer, en el instante mismo en que se casa: una mujer descarada, insumisa, fría, huevuda, mandona, implacable, caliente, visceral, de grandes tetas, nalgas redondas y firmes, mulsos duros, bellos de durazno y con una vagina del color y olor de un sashimi de salmón.

Esa era Lorena: un ejemplo de que lo imposible podía compendiarse, respirar, eructar, pedorrearse y demás, en un solo cuerpo.

Siete días antes de hacer todo esto estaba firmando mi divorcio y no solo eso, modifiqué mi testamento, regalé al perro, contraté más personal doméstico, fui a la joyería más fina para comprar un diamante cuyo número de kilates deberían transformarse en una serie de orgasmos inolvidables, inicié una dieta, me puse a hacer ejercicio y adquirí un auto convertible.

Llegado el día, es decir hoy, las cosas dieron un giro siniestro. Como dije, me desperté dos horas antes de lo normal. Siendo las diez de la mañana estaba en pie. Abrí la ducha y esperé el agua caliente. El único líquido caliente que sentí fue el de mi orina sobre mis piernas.

Salí temblando de la ducha y comencé a afeitarme, lo cual trajo como consecuencia una hermosa cortada debajo de mi pómulo; misma que confirmó que, un hombre de setenta y ocho años, con frío, debe esperar al menos media después de una ducha fría para afeitarse.

La herida no paraba de sangrar. “Un tajo profundo”, dijo el doctor, luego de revisarme la cadera para constatar que no me había fracturado la pelvis con la caída que me provocaron los zapatos nuevos, cuando intentaba amoldarlos luego de media hora de suplicios que se tradujeron en cuatro ampollas, con apenas unos cuantos metros caminados.

Las dos horas de anticipación con que me levanté y los siete días de preparación terminaron por irse al carajo cuando el Doctor Preciado me dijo que tenía que quedarme en observación al menos una noche. El susto de la caída me había disparado la presión. Sospechaban también que el enojo pudo provocarme una diabetes. Esto, sin contar que la herida en el pómulo no cicatrizaba.

Si en siete días Dios creó al mundo, en siete días yo destruí el mío y eso, señores míos, no es cualquier pendejada: es una obra maestra.

 

Categorías:Uncategorized

La mirada más triste

marzo 17, 2011 1 comentario

Me moví un poco hacia la izquierda para guarecerme del sol. Para mi mala fortuna, un río de hormigas acudían a beber, justo a mi lado, los restos de una soda de naranja, que formaban un venero minúsculo adentro del vaso de hielo seco. Esperaba a Juan, a quien, por razones para mí desconocidas, no pude acompañar adentro de ese horrible edificio de trámites burocráticos.

Como dije, el sol comenzaba a molestarme así que me moví ligeramente hacia un costado. Ahí apareció ella. Primero se detuvo como a diez metros de mí. Me miraba fijamente y al principio no la reconocí. El viento que venía detrás de mi espalda movía su cabello ligeramente.

Era un cúmulo extraño de olores. Un viento que siendo ligero volvía el acto de respirar un choque múltiple de aromas. Ahora me sonreía. Su sonrisa me resultaba familiar. Llevaba puesto un vestido ligero color mamey; usaba unas alpargatas y del hombro colgaba un curioso bolso de mimbre, o  de algún  material orgánico.

Dio unos pasos y se acercó más. Todo esto, sin apartarme la mirada. Me puse un poco nervioso y moví la cabeza para otro lado. Yo pienso que hay códigos, uno de ellos es, que no debes mirar a nadie fijamente a los ojos, para evitar dar señales equivocadas. Aprenderlo me costó un sin fin de malos ratos, pleitos, regañadas y castigos.

A un lado, detrás y frente a ella la gente va y viene. Unos llevan prisa. Otros van lento. Hay personas que caminan solas. Otras van a acompañadas. Unos van abrazados. La mayoría van cada uno por su lado. Ríen, conversan. Pocos callan. Llevan en sus manos muchas cosas: aquel un vaso con fruta; ese otro se rasca la cabeza; ella un niño.

El sol sigue moviéndose hacia mí. Parece que me persigue. Tengo sed. Ahora la mujer está frente a mí. La huelo y sé quién es. Ahora sé quien es. Hace tiempo estuvo en casa ¿días, semanas, meses, años?. Vivía con Juan. Los domingos solíamos ir juntos a dar la vuelta. Me apena no haberla reconocido si no es por ese perfume con esencia de vainilla. Se inclina a acariciarme. Me llama por mi nombre. Veo en sus ojos la mirada más triste que haya visto en mucho tiempo. En eso escucho la voz de Juan. Ha terminado ya de hacer sus cosas. Muevo la cola. Me levanto sobre mis patas traseras. Me sacudo las hormigas que tercamente habían comenzado a treparme como a una montaña de pelos. Finalmente me desatarán de este árbol y podremos irnos juntos, los tres, como hacía tiempo no ocurría.

Ahora ladro: la sed me está matando.

 

Categorías:Uncategorized

Dildo

marzo 10, 2011 2 comentarios

Llevo semanas intentando decirte esto. Qué digo semanas, meses. Pero tú no pareces entender. Te quedas ahí con cara de every thing its all rigth y yo, aquí como tu fiel pendeja. No, imbécil, no se trata de eso. Sí, estamos pagando una casa; no falta panceta, ni tomates, ni cereales, ni toda esa mierda que sostiene nuestras rutinas alimenticias, no.

Tampoco es eso otro; nadie dijo que no amamos a nuestros hijos, que tenemos grandes momentos juntos; que los colegios son buenos y que hemos forjado una gran cadena de amistades, prestigio social y lo que quieras. No. No me estás escuchando.

Acaso me escuchaste alguna vez? Te escribí cartas; renté películas adecuadas; te saqué más de tres veces de tu oficina en viernes para irnos de paseo, con todo y que me molesta sobremanera dejar los niños con tu madre. Sí, lo hice porque es importante, porque se trata de buscar aventuras y darle un giro emocionante a nuestra vida.

Lo ves? No me estás entendiendo nuevamente. Claro, claro, no me faltan esas cosas. Joyas, los vestiditos esos, una camioneta nueva cada año, los muebles de piel y el puto espejo ese me importan un carajo. Independencia? Acaso crees que tú me la das? O que el dinero me la ha dado? Si serás tonto; para tu información, la mujer que tienes ya era independiente antes de ti.

O qué? Acaso mi doctorado, mi trabajo como consultora independiente, las conferencias que doy, mi colaboración en el periódico y todas mis putas actividades no te dicen nada?

Pues deberían. Dicen que mi vida puede continuar contigo o sin ti. Dicen que tengo la capacidad de conducir y llevar sola a esta familia. También dicen que eso que tienes en las manos y que ha producido esta discusión se justifica. Dicen también que me vale un carajo que estés indignado. Que me importa un comino tu sorpresa. Que tú y el terrible sacrificio laboral que dices hacer se pueden ir al carajo si no me coges.

Queda claro, cariño? Cógeme cabrón.

Y ahora deja ese puto dildo donde lo encontraste.

 

Categorías:Uncategorized

La receta

marzo 2, 2011 2 comentarios

“Querida, te dejé el paquete en la puerta. Llámame cuando lo recojas.” Josy leyó el mensaje y respondió con un escueto “Ok”. En el camino a casa pensó en Lu, su nueva amiga, a quien consideraba “muy moderna”. Ya no le incomodaba el hecho de tratar con la mujer que vivió cinco años con su actual marido. Incluso, disfrutaba de las ventajas de contar con información de primera mano que le resultaba sumamente útil para resolver o anticipar problemas con Renzo.

Lu era simpática y solidaria pero sobre todo, diversa. Solía recomendarle a Josy una gama de actividades para tener contento a Renzo. “Léele de noche”, le dijo una vez. “Claro, tiene que ser algo del Marqués de Sade”.  La primera vez que lo hizo descubrió el poder de una mordaza, la caricia de un par de sogas en sus tobillos y muñecas y descubrió que el dolor no era el revés del placer sino simplemente un camino anverso.

La lista de sugerencias y consejos abarcaban cine: Pier Paolo Pasolini; caminatas nocturnas en los barrios bajos de la ciudad; visitas a la morgue; súbitas apariciones en funerales ajenos; juegos eróticos y demás. Desde el amanecer hasta la noche, Renzo lucía pleno y sonriente. A veces, Josy comentaba con él respecto al interés de Lu en que ellos estuvieran bien. Al principio, Josy pensó que Lu actuaba por una suerte de culpa. La relación con Renzo, si bien terminó súbitamente y sin mayor drama, tuvo que ver con una infidelidad de Lu. Renzo le había platicado a Josy sobre ello y le había dicho tajantemente que no estaba afectado, por lo contrario, estaba feliz de que Lu hubiese renovado su entusiasmo por la vida. “Lu necesita reinventarse, no sabe estarse quieta por mucho tiempo, si se aburre, planeará y cometerá locuras”, le dijo Renzo.

Al llegar a casa Josy se encontró una caja pequeña con una nota que decía “Sigue al pie de la letra las instrucciones de la receta, no te arrepentirás”. Tal y como Lu le pidió, le llamó. “Prepárate para hacer a Renzo al hombre más feliz del mundo”  le dijo. Josy sonrió mientras abría la caja y revisaba su interior. Un kilo de papas, medio de jitomate, panceta, apio, garbanzo y una serie de bolsitas con diversas hierbas y condimentos.

Entonces Lu comenzó a explicarle el proceso de preparación, el tiempo de cocción, el orden en que debía ir poniendo los condimentos, la cantidad de agua requerida, el nivel de la flama de la estufa. Josy atendía al pie de la letra las instrucciones. Se sentía una alumna privilegiada. Pasados veinticinco minutos todo estaba listo.

“Huele bien” le dijo Josy a Lu. “Y ten la seguridad de que sabe mejor, querida” contestó Lu. “Ahora, sírvete un plato y pruébalo”, le pidió Lu a Josy. Caminó al cristalero y sacó un plato hondo. Cogió una cuchara sopera y lo zambulló en la sopa y colmó el plato. “Bueno cariño, come y a la noche te marco para ver cómo te fue” Dijo Lu y colgó. Josy llevó el plato al comedor. Puso un mantel, cogió un cubierto y se sentó a degustar. Cerró los ojos y sorbió una cucharada. Un sabor peculiar se paseó por su lengua. Josy se quedó con los ojos cerrados y el tiempo comenzó a pasar.

Cuando Renzo llegó a casa, vio a Josy doblada sobre la mesa del comedor. Un plato hondo estaba servido casi al tope con una sopa rojiza. Renzo movió la cabeza de Josy de un lado a otro. Le buscó el pulso en le cuello y vio que no había. Sintió la erección.

Cogió el teléfono y llamó a Lu. “Está muerta, funcionó el cianuro” Le dijo. “Y cómo luce?” Preguntó Lu. “Sumamente sensual, cariño”. Dicho esto se bajó los pantalones, subió el cadáver a la mesa, lo despojó de la ropa y tuvo sexo con él. Tras eyacular sobre el rostro llamó nuevamente a Lu  y le preguntó “Ahora qué sigue mi vida?”.

Categorías:Uncategorized

Bienvenida

noviembre 26, 2010 4 comentarios

Abro la puerta ¿Pétalos de rosas en el piso, un caminito de diminutas velas que iluminan la casa en dirección a la habitación, inciensos estratégicamente distribuidos para aromatizar la casa, luces apagadas, música apacible? No me lo merezco. Casi rompo en llanto imaginando a Sonia preparando mi bienvenida.

Escucho un sonido extraño provenir de la recámara. Debe ser Sonia. Quizá he estropeado su sorpresa. Ella es abnegada y yo un esposo vulgar y desleal. Mi última fechoría fue en el avión. Mi vuelo se adelantó cuatro horas. Me tocó sentarme detrás de un gordo desagradable, pero a un lado de una suculenta jovencita.

Aproveché dos de las cuatro horas libres para metermeal hotel de aeropuerto con la chica sin nombre. El sexo llegó como ocurren estas cosas: un súbito apasionamiento producto de un roce accidental; luego las miradas, un fuego indescriptible transmitiéndose de una pupila a la otra; la frase hipócrita de “Perdone usted mi impertinencia” y la respuesta de “Fue un placer”.

¿Un placer? Aunque nadie lo crea, eso dijo y entonces todo estaba dicho.

Poco antes de aterrizar pronuncié muy cerca de su oído las palabras precisas “Tengo tiempo, ¿quieres ir a un hotel?”. Luego, la magia escurriendo de unos labios que, aunque operados me hicieron pensar en un paraíso natural. “Me hospedaré en el hotel del aeropuerto, mañana temprano haré trasbordo, ¿vienes?”. Claro, ese tono tropical, o no sé qué, penetrando como un rayo de incierta fecundidad, cimbrando mi entrepierna, disparando mi bragueta y haciéndome recordar uno de tantos dichos que dice mi compadre “Dónde muchos ven talento, carisma, carácter, inteligencia, yo veo un receptáculo dispuesto a ser llenado de semen”.

Sí, fue un chorro caliente de esperma sobre su vientre; su jadeo desapareciendo lento como un eco de avión y mi cuerpo en estado de bulto.

Al terminar, salí a a buscar un taxi. Por alguna razón en el trayecto no pensé en llamar a Sonia. No podía concentrarme en otra cosa que no fuera el gordo del avión. Más de la mitad del vuelo me la pasé preguntándome diversas cosas ¿Cómo cupo en le asiento? ¿Qué hace falta para que un hombre se transforme en una ballena? ¿Ha cogido? ¿Puede mirar sus pies? ¿Qué habrá bajo su papada? ¿Me pondría sus pantalones en caso de emergencia? ¿Algún día tendré un amigo obeso?

Era enternecedor ver como apretaba con su mano colosal la pequeña y frágil bolsa de cacahuates que la pichicata aerolínea nos proporcionó como gesto magnanimo de gratitud por nuestra lealtad “Gracias por preferirnos”. Bastaba ver el diminuto vaso perdido entre unos dedos que parecían las crías empachadas de hurón, para entrar en un estricto régimen de ejercicios.

“Dios no se equivocaba, por cada gordo había un corazón destruido”, decía mi compadre.

Finalmente llegué a casa. Mi mujer estaría dormida o algo así. Metí la llave con cuidado y la giré procurando no hacer ruido. Caminé por el improvisado camino de pétalos y velas, dsipuesto sobre la alfombra. Aspiré lo más hondo que pude el aroma del incienso. Los ruidos en la recámara seguían; quizá Sonia me había escuchado.

Un temor me invadió, pero no estaba dispuesto a corroborar nada que tuviera que ver con justicia divina o “la vida te las cobra”, comprade, dix it. Abandoné mi plan de discreción y derribé deliberadamente un florero, mismo que nunca fue de mi agrado. Un nuevo ruido se escuchó desde la recámara: el infalible sonido de una ventana que se abría y cerraba en cuestión de segundos.

Entonces pude avanzar, vi a Sonia nerviosa y agitada, estaba empapada en sudor. Usaba un camisón bastante sensual que no le conocía, me miró y me dijo:

“Amor, ¡Llegaste antes!” entonces me abrazó.

“Hacías ejercicio, ¿verdad, mi vida?” le dije.

“Si mi amor, quiero estar siempre bien para ti”

“Lo sé cariño”

“¿A qué hueles?” me preguntó.

“Ya sabes, en el avión se te pega el aroma de la gente” le respondí.

Sentí su pecho húmedo restregándose con el mío. Esa noche había habido un empate a cero goles; ni para qué hacerla de pedo, pensé, tal y como mi compadre suele decir en estas situaciones “chingamos y nos chingan al mismo tiempo, eso es la vida”.

 

Categorías:Uncategorized

Tú ganas.

noviembre 4, 2010 1 comentario

Todo comienza con una taza de café matutino y termina con un dolor estomacal. Las agruras me acompañan desde hace mucho. Producto de cientos de tacos, tortas, miles de chiles jalapeños, litros de salsa, licores y bebidas alcohólicas. Toda una inversión, toda una vida.

Tania resuelve interesarse por mi estado y se dirige al baño. Parece que de súbito recordó que llevamos un año viviendo juntos. Ahí tenemos un pequeño botiquín con merteolate, aspirinas, laxantes y curitas. Saca una píldora de ranitidina y una de espacil compuesto y me los da con un trago de agua. Yo las ingiero con los ojos cerrados pensando que se trata de unos cacahuates garapiñados.

Minutos después estoy sobre el colchón contorsionándome como una anaconda. Ella me habla de muchas cosas al mismo tiempo: el trabajo, el auto, la cocina, las amigas, sus padres, sus tías, de la diabetes, de la importancia de la zarzamora en su vida. Su diálogo está lleno de pausas y gestos diversos como alzar la ceja, fruncirla la boca, arquear las narices, mover ligeramente las orejas en caso de asombro. En tanto, yo pierdo la noción del tiempo y lo que consideraba incontable se resumen en apenas unos minutos.

El efecto del medicamento tardará un poco más. La cama no es el refugio que yo esperaba y parece de clavos. Mi espalda y estómago me arden, como si por dentro me estrujaran. El sueño no llega. Tengo los ojos abiertos y miro el techo. Enciendo el televisor y voy de canal en canal como todo un desocupado. Lo soy, pues mi chica me mantiene desde hace diez meses.

Tania trae puesto un pijama que su madre le regaló. Ama sus pijamas pero no ha sido capaz de regalarme una. Duermo en shorts. En cuanto se da cuenta que enciendo la televisión abre los ojos y comienza la batalla.  En un acto sagaz me arrebata el control remoto. Con todo y mi dolor me incorporo y trato de quitárselo, sé que a esa hora en un canal americano pasan una serie que disfruto mucho. Pero ella insiste en ver el canal de recetas que dicta un joven apuesto. Entonces caigo en cuenta que no podré despojarla del control y me dirijo a la sala. Enciendo el estéreo con un disco de Motely Crüe y subo el volumen. Su respuesta es inmediata, deja el televisor encendido, le sube también al volumen y decide poner una canasta de ropa sucia en la lavadora. El ruido de la lavadora anula de inmediato al estéreo y la televisión. Sin dejar pasar más tiempo voy en busca de la aspiradora. La enciendo y me pongo a aspirar la sala. El ruido de la aspiradora logra distraer al de la lavadora de Tania, que para entonces está sacando la maquina para pulir pisos. Dejo encendida la aspiradora y me voy de inmediato al sótano por mis herramientas. Elijo el taladro y comienzo a hacer agujeros en la pared. Tengo muchos cuadros sin colgar y esta es la ocasión para hacerlo.

El tiempo corre veloz. Mi espalda y mi estomago comienzan a mejorar por el efecto del medicamento, pero la batalla no cede. Tania ha puesto verduras en el extractor de jugo, quiere uno de zanahoria. Respondo con un chocomilk de la ruidosa chocomilera. Nada nos detiene, nos miramos uno al otro sabiendo que cada acción tendrá un efecto mayor.

Debemos cuidar que todos los aparatos funcionen como una orquesta y efectivamente así sucede. La casa toda retumba sin tregua, nuestros tímpanos están al límite.

En pleno apogeo armónico del hogar escucho el timbre de la puerta. Es sumamente molesto y ruidoso, corro a la puerta para reclamarle a Tania el uso del dispositivo, generalmente usado como último recurso, pero noto que ella también corre hacia allá creyendo que he sido yo quien lo usó.

Nos detenemos en la puerta como frente a un jurado. Ninguno de los dos quiere abrir y por un momento damos la espalda para seguir con nuestras actividades, como si nada hubiese pasado. En ese momento vuelve a sonar el timbre y no queda duda, hay alguien ahí.

Abrimos al mismo tiempo como si cortáramos el listón en una inauguración. Los  bigotes de nuestro vecino se asoman. Luce demacrado y molesto, los ojos rojos y unas grandes bolsas rugosas bajo los párpados. Jura en nombre de su madre que uno de estos días va a matarnos y nos califica como “su peor pesadilla”.

Apenados regresamos al interior de nuestra casa. Debemos desconectar uno a uno los aparatos. Todavía hay que sacar la ropa de la lavadora y colgarla, tirar la basura de la aspiradora, barrer el polvo producido por el barreno del taladro y guardar los licuados. Hay tanto que hacer y estamos tan cansados que mejor decidimos regresar a cama y dormir. A fin de cuentas ya es domingo.

 

Categorías:Uncategorized
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.